domingo, 3 de mayo de 2026

EL PRECIO DEL COLOR


Tengo un cuadro de dos metros por dos metros en mi casa. Un cuadro enorme, vibrante, surrealista, de un pintor reconocido internacionalmente. Y es mío. De regalo del autor.

La gente que viene a casa lo mira y dice: qué barbaridad, qué cosa más bonita. Y yo sonrío. Porque nadie sabe lo que costó ese cuadro.

Hay un juego que juego siempre que entro en un museo. Lo llamo mentalmente el juego de la apropiación: ¿cuál me llevaría para colgar en las paredes de mi casa? No es codicia, es concentración. Te obliga a mirar de verdad, a quedarte con uno solo, a comprometerte con una obra en lugar de pasar flotando por delante de todas. Si voy acompañada arrastro a quien sea al juego. Si voy sola, lo juego sola.

Ese día lo jugué de verdad. Con mi hijo mayor, los dos paseando por las salas de un museo de arte contemporáneo, delante de obras en gran formato —dos por dos, tres por dos, algunas más—, sabiendo que no era un juego. El pintor me había dicho: cuando esté montada, vienes, eliges el que quieras, y es tuyo.

Mi hijo eligió. Yo dudaba —tan grande, hijo, tan grande— y él no dudó. Buen ojo el del chico.

Pero voy a contaros cómo llegué a ser amiga de ese pintor. Porque los cuadros no caen del cielo, ni siquiera los regalados.

Yo frecuentaba un bar. Un bar de esos que ya casi no existen, nido de intelectuales, artistas, actores, pintores, faranduleros varios y algún político despistado. El barman era amigo mío —los buenos barmanes siempre lo son— y un día me dijo: oye, mira, viene este pintor (que vivía en otra ciudad, lejos) tiene un problema muy gordo en la espalda, y quizá le puedes ayudar.

El hombre llegó con sus placas y sus informes. Y lo que tenía en la espalda no era un problema. Era una cifoescoliosis de las que no se olvidan. De las que te dejan callada mirando las imágenes. Una arquitectura imposible dentro de un cuerpo que encima tenía que sostener la vida de un artista —que es decir: tenía que sostener la alegría, el impulso, la concentración, la energía para ponerse delante de una tela de dos metros por dos metros y querer llenarla.

Lo que tomaba para el dolor era absolutamente insuficiente. Las opciones eran básicamente dos: cirugía —fijar la columna entera, de cervicales a lumbares, con resultado muy incierto y pérdida garantizada de movilidad— o subir un escalón en la analgesia. Un escalón que en ese caso significaba entrar en opiáceos.

Revisé su historia. Llegué a la misma conclusión que habían llegado otros antes que yo. Había que subir un escalón en la analgesia. Y lo hice.

Aquí viene la parte que mi gestor emocional desconoce y que vosotros vais a conocer.

Las recetas de opiáceos no son como las recetas normales. Requieren un recetario especial que hay que ir a buscar a Sanidad. Receta normal más receta de estupefacientes, por cada cajita. El hombre, como sabéis, vivía lejos, así que yo me pasaba muchas tardes haciendo recetas a mano —porque entonces eran a mano, señoras y señores, letra cursiva sobre papel— sin fecha, dobles, una detrás de otra, hasta que me dolía la muñeca. Las metía en un sobre con el bolígrafo dentro, para que él fuera poniendo las fechas según las iba consumiendo.

Estuvimos así muchos años.

Lo que me decía a mí misma, con la conciencia tranquila, era: ¿cuándo será el día que el sistema de salud me pregunte qué estoy haciendo yo con este señor? Mi respuesta preparada era sencilla y elegante: lo que me da la gana. Pero no preguntaron. A veces la burocracia tiene sus virtudes.

¿Y qué pasó? Pasó lo que tenía que pasar. El dolor cedió. No fue a más —ese es el riesgo, la tolerancia, la espiral, y yo estuve atenta porque había asumido la responsabilidad y la responsabilidad no se delega—. No fue a más. Se quedó donde tenía que quedarse, haciendo su trabajo: dejar a un hombre libre.

Libre para pintar. Para llenar telas enormes de colores vibrantes y formas imposibles y esa alegría surrealista que a mí siempre me ha llegado directamente a algún lugar que no sé nombrar.

Toda aquella exposición en el museo —el catálogo precioso, las obras en gran formato, la gente mirando boquiabierta— tiene algo mío dentro. No firmado. No visible. Disuelto en cada pincelada como un analgésico en sangre.

Por eso cuando me dijo lo que quieras es tuyo, yo lo entendí perfectamente.

Y por eso el cuadro de dos metros por dos metros está en mi casa.

Y cuando la gente lo mira y dice qué barbaridad, qué cosa más bonita, yo sonrío.

Y no explico nada.

Algunas historias de amistad no caben en un marco. Las mías, aparentemente, sí.

Él ya no está entre nosotros y ésta es la primera vez que lo cuento, pero claro, en mis memorias no puede faltar esta preciosa historia.

A qué es preciosamente humana?

Por tí, querido pintor

 


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