martes, 21 de julio de 2026

ESA PUERTA…!!!

Sí, sí te he perdonado. Ya no hay rabia, ya no hay rencor, pero a mi vida no vas a volver.

Durante un tiempo pensé que ese tipo de pensamiento era de mala persona, hasta que entendí una cosa: que perdonar y dejar volver no es lo mismo.

Y como la gente confunde esto todo el rato, creen que si tú soltaste el enfado, te toca abrir la puerta de tu vida otra vez. Pero no.

El perdón ha sido y fue para mí, para dejar de cargarte en la cabeza y para liberarme. Pero el acceso a mi vida, eso ya es otra cosa. Eso te lo ganas.

Porque puedo perdonarte y, aun así, no confiar en ti. Puedo desearte lo mejor, de verdad y de corazón, y no quererte cerca.

Que no lo dejes entrar no te hace frío ni te hace rencoroso. Te hace alguien que aprendió que la cercanía, sin un cambio real, solo te garantiza que todo se repita.

Así que sí, perdona y suelta el peso y quédate en paz. Pero la puerta de tu vida, que se la gane quien de verdad la merece.


Mitxel González.

lunes, 20 de julio de 2026

EL ENTUSIASMO


Hay personas que entran en un lugar y parecen llevar consigo una luz que no depende del ambiente. No porque todo les salga bien, no porque nunca sufran, sino porque todavía son capaces de emocionarse.

Se emocionan con una conversación profunda, con una idea nueva, con un amanecer, con un libro, con una taza de café, con el progreso lento, con la posibilidad de convertirse en alguien mejor. Y eso es extraordinariamente raro.

El mundo suele premiar el cinismo. Hace parecer inteligente a quien critica todo, a quien se burla de todo, a quien ya no espera nada. Pero el cinismo no es profundidad. Muchas veces es solo una armadura para no volver a decepcionarse.

Mantener el entusiasmo cuando la vida ya te ha golpeado requiere mucho más valor que perderlo. Porque entusiasmarse es exponerse, es aceptar que algo te importe, es permitir que el fracaso duela y, aun así, seguir creyendo que vale la pena intentarlo una vez más.

La energía de una persona no nace de hablar más fuerte, nace de seguir encontrando belleza donde otros ya dejaron de mirar.

Protege ese fuego. Rodéate de personas que todavía sonríen cuando aprenden algo nuevo, que celebran los pequeños avances y que viven con curiosidad en lugar de resignación.

Porque el entusiasmo auténtico no solo transforma a quien lo siente, también despierta a quienes lo rodean.

 Gloriaestoica.com


sábado, 11 de julio de 2026

LAZTANA

  

 

Hubo una época hace muchos años en que mis noches tenían forma de foro. Foros de literatura, de esos tan arcaicos que ahora suenan a arqueología industrial: letras verdes sobre fondo negro, avatares minúsculos, gente que discutía sobre Rulfo a las dos de la madrugada con el mismo fervor con el que hoy se discute sobre cualquier cosa en cualquier parte. Yo entraba ahí como quien entra en una taberna de paso: buscando compañía sesuda que no exigiera explicaciones.

 

Fue allí donde lo conocí. Funcionario de lunes a viernes, escritor el resto del tiempo, con varios libros publicados.

 

Quedamos por primera vez en León. Aquello era, simplemente, un encuentro entre dos personas que se habían gustado por escrito, que es la forma más antigua y más honesta de gustarse, sin cuerpo de por medio, solo con la cadencia de las frases del otro. Paseando por León entramos en una librería de viejo, que tanto nos gustaban a los dos.

 

Y allí, entre lomos desconchados, apareció un libro sobre un árbol genealógico ilustre y siniestro a la vez. Ramas y más ramas, primos y sobrinos, hasta llegar al último escalón. Y en ese último escalón estaba él. Una hoja más de ese árbol, de la rama de izquierdas, eso sí, del apellido venido a menos en lo ideológico, por mucho que ese apellido pesara como una losa en cada presentación, en cada nómina, en cada “¿algo que ver con…?”.

 

No compró el libro. Yo tampoco. Ahora me arrepiento un poco, la verdad, y creo que en cuanto acabe esto voy a buscarlo.

 

Me contó, mientras seguíamos paseando, que su madre hablaba de vez en cuando por teléfono con la hija de aquel hombre del que estaban emparentados. Bajito. A escondidas de él, como si un hijo de izquierdas fuera a escandalizarse más de lo que ya estaba escandalizado por el simple hecho de llevar ese apellido a todas partes, como una etiqueta pegada a la piel.

 

Nos quisimos, después de aquello, con la intermitencia de la gente que vive vidas paralelas y solo se cruza cuando las circunstancias de la vida y el calendario lo permiten. Un mensaje por Navidad. Un “qué tal” cualquier martes de marzo. Y luego, cuando el amor de cada uno se resquebrajaba en su propia casa, unas cuantas veces más nos encontramos de verdad: dos en León, que ya era nuestro territorio neutral; otras dos en mi ciudad, él conduciendo 600 kilómetros del tirón, en coche, algo que a mí me parecía una temeridad y una declaración de intenciones al mismo tiempo, alguna más en algún sitio y sobre todo una Nochevieja en Nápoles yendo cada uno desde su casa.

 

Pasamos una Nochevieja en Nápoles . Un poeta y yo, brindando en una ciudad que ha visto brindar a medio mundo durante casi tres mil años, sin que a ninguno de los dos nos importara demasiado que aquello no tuviera nombre ni futuro. Eso, más que una anécdota, es una novela que alguien debería escribir. Puede que la escriba yo. Puede que ya la esté escribiendo.

 

Me llamaba laztana, que en el idioma de los vascos es una palabra de cariño, pero de un cariño concreto, con un matiz teñido de ternura, de esa ternura que se reserva para muy poca gente porque gastarla en cualquiera la devalúa.

 

No sé qué es de él, ni si sigue escribiendo, ni de su no relación con la familia de aquel apellido. Nada.

 

Hay historias que uno vive sin saber, mientras las vive, que un día las va a necesitar para un post. Esta es una de ellas.

 

Pero qué preciosidad de historia, dios mío de mi vida!

 

P.S. Me acabo de comprar el libro de aquella tarde… ventajas del internete…

 

 


miércoles, 8 de julio de 2026

EL ARTE DE ECHAR DE MENOS CON MÉTODO

Hay hombres que se van y hombres que se quedan. Fernando pertenece a una tercera categoría, más incómoda: los que se van y se quedan. Se fue de mi vida hace ya no sé cuántos años —los suficientes como para que la cuenta empiece a darme pereza— y sin embargo ahí sigue, instalado en un rincón muy concreto de mi cabeza, con llave propia, sin pagar comunidad.

Lo dejé yo. Que conste, porque en estas cosas siempre hay que dejar claro quién sostenía el cuchillo, aunque luego los dos sangremos. Él vivía en una gran ciudad  y yo vivía en una ciudad-pueblo, que es un lugar donde una decide vivir por razones que en su momento parecen buenas. Él es escritor, programador cultural, de esos hombres que llegan tarde a las cenas porque han estado hablando de Pasolini con alguien en la barra. Yo tenía dos hijos pequeños y una vida que no cabía en una maleta de fin de semana, por muchos fines de semana que hubiera.

Nos planteamos, como se plantean estas cosas cuando ya no queda más remedio, quién se mudaba. Yo podría haberme ido a su casa. No lo hice. Y aquí es donde el post podría ponerse blandito y yo podría decir que las circunstancias, que los niños, que la vida no da para tanto valor. Todo eso es verdad. También es verdad —y esto me lo digo a mí, no a él— que tuve miedo. Miedo normal, del que no sale en las películas: el de dejarlo todo por un hombre al que quería mucho. Fui cobarde. Lo digo sin dramatismo, como quien reconoce que no sabe aparcar en batería: es un dato, no una tragedia.

Y él, si hubiera venido a mi ciudad-pueblo, que insistió e incluso miró locales para montar su oficina, se me habría mustiado como una flor sin agua. Lo sé con la misma certeza con la que sé que el jamón se cura con sal y tiempo. Fernando necesitaba su ciudad como yo necesito estar sola casi todo el tiempo: no es un capricho, es fisiología. Y Fernando mustio no me iba a gustar. Así que cada uno se quedó en su sitio, y el amor, que no es tonto, se quedó donde estaba el terreno más fértil: en el recuerdo.

Después ha habido más hombres. Buenos, interesantes, algún desastre memorable que casi me cuesta la vida, sí sí, leéis bien: la vida. Los he querido con la intensidad de siempre, porque yo cuando me enamoro me enamoro entera, sin reservarme un cuartito para la prudencia. Y funciona, mientras dura. Pero en cuanto se apaga la fiesta aparece Fernando, puntual como un cobrador. No llamado, no invocado: simplemente estaba esperando su turno.

Hace un par de años, en un hueco entre relaciones, le escribí. Facebook, ese confesionario moderno donde uno se arma de valor detrás de una pantalla. Me contestó con la cortesía exacta de quien no quiere abrir una puerta: amable, breve, cerrada con doble vuelta. Y con razón, probablemente. Yo también habría cerrado esa puerta si alguien hubiera venido a llamarla veinte años después con la mano temblando un poco.

Así que no hay nada que hacer, ni falta que hace, en realidad. Fernando no es un hombre al que quiera recuperar; es el lugar donde guardo la versión de mí misma que se atrevió menos de lo que hubiera querido. Echarlo de menos a él es, sospecho, una manera elegante de echar de menos aquella vida y aquella decisión que no tomé. Y como no puedo reescribir el pasado, hago lo que hace cualquier mujer de recursos: me arrimo en la imaginación y lo dejo tranquilo en la realidad.

Que cada cual guarde sus fantasmas donde mejor los sepa alimentar.

Pues asín.