La estrategia final
Mi primo se está muriendo y yo sigo abriendo cajones que él hizo hace mil años. Los cierro y encajan. Siempre encajan. Era carpintero y trabajaba la madera “para toda la vida”. Lo decía sin metáfora.
Para toda la vida.
Veraneamos primero en Castilla, donde la infancia era compacta y el mundo cabía en pocas calles. Después en la costa, donde el mar nos
enseñó que el horizonte existe, aunque uno no siempre vaya a cruzarlo.
Crecimos entre la sal y la arena, entre la tierra firme y el agua abierta. Compartimos
veranos, secretos mínimos, silencios cómodos. Luego la vida nos separó en biografías distintas, pero no nos desmontó.
Mi primo obedecía a sus deseos con
una coherencia que a mí siempre me ha impresionado. Hacía tiro deportivo.
También cazaba. Un día quiso un caballo y lo tuvo durante años. Más tarde quiso
un barco. Y también lo tuvo. No era capricho superficial: era una forma de
decirle sí a la vida cuando algo le llamaba.
Cuando me casé, me hizo los muebles. Hace mil años. Han resistido mudanzas, modas, cambios de
carácter, etapas luminosas y otras más ásperas. Siguen encajando. Él hacía las
cosas para durar. No con solemnidad, sino con oficio.
Pero la enseñanza que más
me acompañó fue otra.
Un verano, su madre dobló un pantalón y cayó un paquete de tabaco. Éramos niños. “¿Y esto?????!!!!!?”. Y él, sin pestañear: “no es mío, no sé cómo ha llegado ahí, ni idea”. Negarlo todo. Sin fisuras. Sin dramatismo.
La
estrategia final.
No es mío, no sé cómo ha llegado ahí, no sé nada.
Yo observaba fascinada. No por la mentira —que la había—, sino por la serenidad. Por la
convicción. Por la capacidad de sostenerse. Aquella escena terminó mejor de lo
que yo imaginaba, y yo guardé la lección como quien guarda una herramienta que
quizá no necesite, pero que tranquiliza tener. Con el tiempo entendí que lo que
admiraba no era la negación, sino la firmeza. Esa misma firmeza con la que
ajustaba una puerta o elegía un caballo. La idea de que, ante la intemperie, uno
puede mantenerse entero.
Ahora que él se está muriendo,los muebles siguen aquí.
La vida no dura lo mismo que la madera. Y, sin embargo, algo de él sí ha durado.
Su manera de sostenerse. Su forma de querer sin aspavientos. Su lealtad callada.
Le despido con gratitud. Por la infancia compartida entre la sal y el mar. Por
los muebles que aún encajan. Y por haberme enseñado que, cuando llegue el
momento difícil, una puede elegir no desmoronarse.
Te quiero mucho, primo.
