UNA VOCACIÓN SIN ALTERNATIVAS : PODER, FE Y ADOLESCENCIA.
La película construye su relato alrededor de una vocación religiosa adolescente presentada como experiencia íntima y elevada. El problema no es que trate la fe; el problema es cómo la trata. Lo que se muestra en pantalla no es un discernimiento plural, sino un itinerario donde la asimetría de poder entre adultos consagrados y una menor queda normalizada y apenas interrogada.
La protagonista es menor de edad. Frente a ella aparecen figuras adultas —monjas, sacerdote— revestidas de autoridad moral, simbólica y espiritual. Esa diferencia no es anecdótica: es estructural. La joven no dialoga en igualdad; se somete a interrogatorios sobre su intimidad, su cuerpo, sus emociones. La película lo filma con serenidad, casi con reverencia. Pero lo que se observa es un adulto interpretando la conciencia de una adolescente desde un marco cerrado: “Dios te llama”, “Dios te ha elegido”. No se presentan alternativas equivalentes. No hay un horizonte donde la vocación sea una opción entre muchas; parece la única respuesta legítima a su inquietud interior.
Aquí emerge la cuestión central: ¿hay verdadera libertad cuando el lenguaje religioso define el significado de tus emociones antes de que puedas explorarlas fuera de ese marco? Si cada duda puede reinterpretarse como “tentación” y cada deseo como “llamada”, la autonomía queda absorbida por la narrativa trascendente. La película no muestra coerción explícita, pero sí una forma más sutil de dirección unilateral de la identidad.
A esto se suma el tratamiento de la figura disidente. La tía atea, que encarna la resistencia al relato religioso, aparece caricaturizada: emocional, desbordada, casi ridícula. No se le concede densidad intelectual ni moral equivalente. Su escepticismo no es presentado como postura razonada, sino como reacción histérica. El contraste es evidente: la fe se filma con solemnidad; la incredulidad, con ironía.
Este desequilibrio refuerza el sesgo estructural del relato. No solo existe una asimetría entre adultos y menor; también entre cosmovisiones. La religiosa se presenta como madura y profunda; la secular, como inmadura y reactiva. Así, la película no explora el conflicto: lo orienta.
El resultado es una obra que estetiza la vocación temprana sin problematizar suficientemente los riesgos inherentes a una relación de autoridad espiritual sobre una menor. No cuestiona de forma crítica el marco institucional que legitima esa dirección de conciencia. Y al no hacerlo, convierte lo que podría ser un debate sobre libertad y poder en una narración unilateral donde la trascendencia parece neutralizar cualquier sospecha.
No se trata de negar la posibilidad de una vocación auténtica. Se trata de exigir que, cuando se representa a una adolescente en diálogo con adultos investidos de autoridad religiosa, la película interrogue con la misma intensidad la estructura de poder que sostiene ese diálogo. Aquí, esa pregunta queda demasiado amortiguada.
Con la iglesia hemos topado …

























