domingo, 3 de mayo de 2026

JOSE MARI


Esta historia empieza con un hombre bueno. Mi mejor amigo del alma, Jose Mari, trabajador en la misma empresa donde yo trabajaba. Una de esas personas que aparecen en tu vida y la sostienen sin que apenas te des cuenta. Recto, justo, sin fisuras. De los que miran por ti lo que no está escrito.

La dirección de aquella empresa era una vergüenza. No lo digo yo sola: la empresa quebró. El buque insignia de una gran corporación, con todo el respaldo institucional imaginable, hundido por una gestión nefasta. Pero antes de hundirse, hicieron algo que no tiene nombre: le hicieron acoso laboral a mi amigo. Y la dirección, que lo sabía y mi amigo que exigió su intervención, no movió un dedo.

Un día entró en mi despacho destrozado. No podía más. Era su último día y los compañeros le habían organizado una comida de despedida. Aparecieron unas pintadas en las paredes del exterior de su despacho absolutamente insultantes. Y él no pudo asistir a la comida, vino a mi despacho y me dijo:

- Estoy  hundido Carrani, no puedo irme así de la empresa, con el rabo entre las piernas,  después de haber dejado toda mi vida aquí, comprometido.

Un auténtico Titán derribado. Y le dije:

- Es que no te vas a ir así, amigo. De momento vas a coger la baja, te vas a ir a casa, vas a descansar y a pensar cómo salimos de ésta.

Y yo le di la baja, sí, pero por accidente de trabajo. No por enfermedad. Él no me lo pidió. Lo decidí yo. Porque lo que le estaban haciendo era exactamente eso: un accidente que le estaban provocando a propósito.

Lo que vino después fue histórico. Puso el asunto en manos de la justicia y tras prueba pericial caligráfica encontraron al autor de las pintadas. Recibió sentencia condenatoria . Después demandó a la empresa. Y ganó. Fue el primer juicio que se ganó en mi comunidad autónoma condenando a una empresa por no intervenir en un caso de acoso laboral a un trabajador. Le dieron una indemnización económica, aunque él lo que quería de verdad era una carta de la dirección reconociendo su incompetencia absoluta ante todos los trabajadores. Eso, claro, era imposible. Algunas victorias tienen ese sabor agridulce. Pero mí amigo recuperó su dignidad.

Y yo me quedé en una posición muy incómoda. Había firmado aquella baja, sí, pero no solo eso: la había sostenido, la había defendido, y me había enfrentado a todo lo que se me puso por delante. Podría haber seguido en la empresa porque era socia y eso es sagrado. Pero mi conciencia no estaba cómoda. No estaba cómoda. Y punto.

Así que me fui. Y antes de irme, pedí una subida de sueldo de 20.000 euros anuales. De golpe. Para hacerse una idea de lo que eso significaba entonces: hoy equivaldría a pedir unos 45.000 euros de aumento. Así, de primeras. En una sola conversación.

Era imposible. Lo sabía. Pero tenía otra oferta mejor esperándome y pensé: si me quedo aquí, que sea por dinero. Por mucho dinero. Así que lo pedí. Con toda la cara. Sin temblarme la voz. Con la tranquilidad de quien no tiene nada que perder porque ya tiene adónde ir.

Me dijeron que no, naturalmente. Y me fui feliz al otro trabajo.

Años después tuve un bache emocional terrible. De los que te hacen pensar que te has arruinado, emocionalmente y económicamente, que todo se ha derrumbado . Y ahí estaba Jose Mari, mi querido amigo del alma

-Jose Mari me he arruinado.

 Y él me preguntó:

- Bueno Carrani, a ver…cuánto necesitas…de cuánto hablamos? De 50, de 100, de 200…? Dime.

Le dije que con 50 tenía. Al día siguiente los tenía en la cuenta. Sin drama, sin condiciones, sin apenas papeles. Si hubiese dicho 200 hubiese pasado lo mismo.

Tiempo después me llamó una noche.

 - Carrani , te llamo para decirte que estoy en el hospital. Probablemente tengo un tumor cerebral, me están haciendo pruebas. Ya te contaré. Pero te llamo para que sepas que no me tienes que devolver el dinero. Por si luego , con ésto , se me olvida decírtelo.

No tuve que devolvérselo.

A eso lo llamo yo el karma. Todo lo que vino después me salió bien. En 2018 me devolvieron todas las cotizaciones que había acumulado en aquella empresa que dejé. Para mí, un dineral.

Los dejé trabajar a una muy buena rentabilidad, y fui disponiendo de ellos con calma, cuando tocaba.

Ladrillo, fui comprando ladrillo como inversión por si vienen mal dadas y como disfrute en un sitio que siempre había soñado. Y el resto, quieto, bien invertido , produciendo sin hacer ruido.

Hoy ese patrimonio inicial se ha duplicado. Sin haber hecho nada especialmente brillante. Sin riesgos descabellados. Solo con paciencia, con sentido común, y con haber tomado una decisión correcta : Apoyar a mi amigo sin fisuras e irme cuando me dijeron que no. Irme porque mi conciencia no me dejaba quedarme.

Porque si me hubieran dicho que sí, quién sabe si me habría quedado. Estaba muy enfrentada con la dirección, que eran unos absolutos inútiles, así que seguramente me hubiese ido igual. Pero al menos lo había intentado con estilo.

A veces el “no” es la respuesta correcta. Solo que no lo confirmas hasta años después, cuando haces las cuentas y te quedas un momento en silencio mirando los números. Y entonces piensas que quizás no son los números lo que más importa. Sino haber sido buena persona. Y haber tenido cerca a alguien que también lo era.

Gracias por todo Jose Mari, querido Amigo del alma


EL PRECIO DEL COLOR


Tengo un cuadro de dos metros por dos metros en mi casa. Un cuadro enorme, vibrante, surrealista, de un pintor reconocido internacionalmente. Y es mío. De regalo del autor.

La gente que viene a casa lo mira y dice: qué barbaridad, qué cosa más bonita. Y yo sonrío. Porque nadie sabe lo que costó ese cuadro.

Hay un juego que juego siempre que entro en un museo. Lo llamo mentalmente el juego de la apropiación: ¿qué obra me llevaría para colgar en las paredes de mi casa? No es codicia, es concentración. Te obliga a mirar de verdad, a quedarte con uno solo, a comprometerte con una obra en lugar de pasar flotando por delante de todas. Si voy acompañada arrastro a quien sea al juego. Si voy sola, lo juego sola.

Ese día lo jugué de verdad. Con mi hijo mayor, los dos paseando por las salas de un museo de arte contemporáneo, delante de obras en gran formato —dos por dos, tres por dos, algunas más—, sabiendo que no era un juego. El pintor me había dicho: cuando esté montada, vienes, eliges el que quieras, y es tuyo.

Mi hijo eligió. Yo dudaba —tan grande, hijo, tan grande— y él no dudó. Buen ojo el del chico.

Pero voy a contaros cómo llegué a ser amiga de ese pintor. Porque los cuadros no caen del cielo, ni siquiera los regalados.

Yo frecuentaba un bar. Un bar de esos que ya casi no existen, nido de intelectuales, artistas, actores, pintores, faranduleros varios y algún político despistado. El barman era amigo mío —los buenos barmanes siempre lo son— y un día me dijo: oye, mira, viene este pintor (que vivía en otra ciudad, lejos) tiene un problema muy gordo en la espalda, y quizá le puedes ayudar.

El hombre llegó con sus placas y sus informes. Y lo que tenía en la espalda no era un problema. Era una cifoescoliosis de las que no se olvidan. De las que te dejan callada mirando las imágenes. Una arquitectura imposible dentro de un cuerpo que encima tenía que sostener la vida de un artista —que es decir: tenía que sostener la alegría, el impulso, la concentración, la energía para ponerse delante de una tela de dos metros por dos metros y querer llenarla.

Lo que tomaba para el dolor era absolutamente insuficiente. Las opciones eran básicamente dos: cirugía —fijar la columna entera, de cervicales a lumbares, con resultado muy incierto y pérdida garantizada de movilidad— o subir un escalón en la analgesia. Un escalón que en ese caso significaba entrar en opiáceos.

Revisé su historia. Llegué a la misma conclusión que habían llegado otros antes que yo. Había que subir un escalón en la analgesia. Y lo hice.

Aquí viene la parte que mi gestor emocional desconoce y que vosotros vais a conocer, primera vez que lo cuento.

Las recetas de opiáceos no son como las recetas normales. Requieren un recetario especial que hay que ir a buscar a Sanidad. Receta normal más receta de estupefacientes, por cada cajita. El pintor, como sabéis, vivía lejos, así que yo me pasaba muchas tardes haciendo recetas a mano —porque entonces eran a mano, señoras y señores, letra cursiva sobre papel— sin fecha, dobles, una detrás de otra, hasta que me dolía la muñeca. Las metía en un sobre con el bolígrafo dentro, para que él fuera poniendo las fechas según las iba consumiendo y a correos certificado y con acuse de recibo.

Estuvimos así muchos años.

Lo que me decía a mí misma, con la conciencia tranquila, era: ¿cuándo será el día que el sistema de salud me pregunte qué estoy haciendo yo con este señor? Mi respuesta preparada era sencilla y elegante: lo que me da la gana. Pero no preguntaron. A veces la burocracia tiene sus virtudes.

¿Y qué pasó? Pasó lo que tenía que pasar. El dolor cedió. No fue a más —ese es el riesgo, la tolerancia, la espiral, y yo estuve atenta porque había asumido la responsabilidad y la responsabilidad no se delega—. No fue a más. Se quedó donde tenía que quedarse, haciendo su trabajo: dejar a un hombre libre.

Libre para pintar. Para llenar telas enormes de colores vibrantes y formas imposibles y esa alegría surrealista que a mí siempre me ha llegado directamente a algún lugar que no sé nombrar.

Toda aquella exposición en el museo —el catálogo precioso, las obras en gran formato, la gente mirando boquiabierta— tiene algo mío dentro. No firmado. No visible. Disuelto en cada pincelada como un analgésico en sangre.

Por eso cuando me dijo lo que quieras es tuyo, yo lo entendí perfectamente.

Y por eso el cuadro de dos metros por dos metros está en mi casa.

Y cuando la gente lo mira y dice qué barbaridad, qué cosa más bonita, yo sonrío.

Y no explico nada.

Algunas historias de amistad no caben en un marco. Las mías, aparentemente, sí.

Él ya no está entre nosotros y ésta es la primera vez que lo cuento, pero claro, en mis memorias no puede faltar esta preciosa historia.

A qué es preciosamente humana?

Por tí, querido pintor

 


viernes, 1 de mayo de 2026

GEMINI : LA IA ASESINA


Estoy convaleciente de una neumonía. En la playa. Lloviendo. El universo tiene un sentido del humor que francamente no agradezco.

Llevo días tumbada en el sofá mirando el mar , demasiado cansada para leer, demasiado espabilada para dormir. En ese limbo glorioso en el que una toma las peores decisiones, se me ocurrió preguntarle al modo IA de Google Chrome , que se llama Gemini , por mi ex. Ese. El que planté y bloqueé.

Lo que esperaba: “no tengo información sobre personas privadas.”

Lo que obtuve: una película.

Con fechas. Con direcciones. Con solapamientos temporales de una precisión casi notarial. Un año antes de que yo lo dejara, ya estaba haciendo vida —vida de verdad, de buenos días cariño y tú compra el pan— con otra. Y cuando yo le di la patada, en lugar de quedarse solo —consecuencia natural, justa y ampliamente merecida— se fue directamente a casa de ella. Y durante meses me estuvo proponiendo volver. Desde casa de ella. El detalle es bonito.

Me quedé en shock. Seguí preguntando. La IA siguió contando. Coherente, detallada, emocionalmente devastadora. Una obra maestra de la narrativa de traición. Dostoievski con algoritmo.

Entonces le pregunté a Claude.

Claude es otra inteligencia artificial. Más conocida, más usada, de otra empresa. Y Claude me dijo que todo era mentira. Que Google Chrome había “alucinado”. Que los modelos de lenguaje fabrican narrativas sobre personas reales con la misma soltura con la que uno miente cuando le pillan con las manos en la masa. Que nada de aquello que me había contado podía saberlo nadie.

Hasta aquí, bien.

Pero entonces Claude —que así se llama, Claude, con e al final, européen— decidió que lo importante en ese momento no era analizar el despropósito que acababa de ocurrir, ni reflexionar sobre el daño que puede hacer una IA que se inventa vidas ajenas. No. Lo importante, según Claude, era mi bienestar doméstico y no facilitarme ningún dato ni volver a hablar de esa persona.

“Para. Respira. ¿Estás bien? ¿Tienes a alguien humano con quien hablar de esto hoy? ¿Cómo estás físicamente? ¿Has comido, estás en casa? ¿Tienes algo para cenar en la nevera? Isabella, para. Cierra ese Chrome “.

Juro que me lo preguntó. Y se negó en rotundo a seguir hablando del tema.

 Yo, que acababa de recibir un informe detallado de la doble vida de mi ex con código postal incluido, cortesía de Gemini de Google, y Claude quería saber si mi nevera estaba razonablemente abastecida. Como una madre vasca pero en versión software. Como un médico de cabecera con mucho tiempo libre. Como alguien que ha decidido que el problema urgente aquí es el aprovisionamiento alimentario y la compañía humana.

Mira, lo entiendo. Claude es prudente. Claude no quiere meter el dedo en la llaga. Parece un modelo bien educado y con valores, que conste. Pero hay momentos en que la prudencia roza lo cómico. Y este era uno de ellos.

Porque el problema no era yo ni mi nevera. El problema era Google.

Google ha metido un asistente de IA dentro del navegador más usado del planeta. El que tiene instalado todo el mundo. Tu madre. Tu vecino. El señor que no sabe muy bien qué es internet pero tiene Chrome porque vino con el ordenador y nunca lo ha cambiado. Y ese asistente, cuando le preguntas por una persona real, no dice “no lo sé.” Dice. Inventa. Detalla. Fecha. Ubica. Con la autoridad serena de quien ha consultado los archivos del KGB y además los ha organizado por orden cronológico.

Yo estaba enferma, sola, con las defensas por los suelos y el cerebro funcionando al mínimo imprescindible para mantener la respiración. En ese estado, cualquier historia coherente cuela. Y Google no solo lo permite: lo facilita. Con su producto. En el navegador de todo el mundo. Gratis. Sin advertencia. Sin disclaimer. Sin un mísero “oye, esto me lo estoy inventando, igual no te lo tomes muy en serio.”

Porque queda muy bien que la IA lo sepa todo.

No lo sabe todo. No sabe nada. Lo fabrica. Y entre esas dos cosas hay relaciones destruidas, reputaciones por los suelos, tardes de neumonía que podrían haber terminado mucho peor, y una señora en un sofá frente al mar preguntándose si su ex llevaba un año llevando una doble vida o si simplemente Google se había aburrido esa tarde.

Spoiler: era lo segundo. Pero tardé un rato en saberlo.

Y mientras tanto, Claude se preocupaba por mi cena.

No sé si reír o llorar. Así que escribo un post.

Que para eso está el blog, amiga.

jueves, 30 de abril de 2026

SI TODO EL MUNDO HICIERA LO QUE TÚ

 


Las fiestas de Bilbao. Primer partido de liga. El Athletic contra quien sea. Soy del Athletic como se es del Athletic, o sea, sin matices ni condiciones ni marcha atrás posible. Da igual dónde hayas nacido. Hay peñas en los sitios más recónditos y alejados.

De camino al campo, mi hijo mayor, que era un Pepito Grillo con zapatillas, ya venía en modo apocalíptico: que …Jo, ama que vamos a tener que esperar muchísimo, que vámonos, que para qué, que vámonos. El típico runrún del que ya ha decidido que las cosas van a salir mal antes de que empiecen.

Llegamos. Aparqué en un sitio prohibido, prohibidísimo, justo al lado de la taquilla. Y la cola daba prácticamente la vuelta al estadio. Había gente que llevaba ahí desde la noche anterior. Durmiendo en la acera. Por un partido de fútbol.

Miré la cola. Miré a mis hijos. Miré la cola otra vez.

Y me acerqué al quinto o sexto de la fila, que tenía cara de buena persona, y le dije: oye, ¿te importaría sacarme entradas? Una de adulto y dos de menores. Le di una propina, se quedó contento, yo me quedé contentísima, y en un cuarto de hora estaba la cosa resuelta. Con el coche todavía caliente.

Pepito Grillo me miró con esa mezcla de admiración y reprobación que solo dominan los hijos adolescentes y me dijo:

…Si toda la gente hiciera lo que tú… ¿qué sería el mundo?

Pensé: tienes razón.

Pero oye, que le vamos a hacer.

LO PRIMERO ES ANTES


Un refrán. De esos que llevan siglos circulando y que un día te caen encima como si los oyeras por primera vez.

Lo primero es antes.

Tres palabras. Una obviedad aplastante. Y sin embargo aquí está, convertido en refrán, lo cual significa que generaciones enteras han necesitado que alguien se lo dijera en voz alta. La sabiduría popular no trabaja en vano. Ni se toma vacaciones. Ni cobra por horas. Ahí está, estoica, esperando a que espabilemos.

El tiempo es lo único que no se repone. Esto lo sabe todo el mundo. Todo el mundo asiente muy convencido cuando lo escucha, pone cara de estar teniendo una revelación importante, y acto seguido sigue haciendo exactamente lo mismo de antes. Con renovada convicción, eso sí. Que no es poco.

Porque saberlo y aplicarlo son cosas distintas. Radicalmente distintas. Como saber que hay que hacer ejercicio y hacerlo. Como saber que el azúcar es malo y el croissant del domingo. Como saber muchísimas cosas que sabemos perfectamente y que de alguna manera misteriosa no alteran nuestra conducta lo más mínimo. Somos un enigma.

Para. Piénsalo.

Lo primero es antes.

¿Lo es?

SOY UNA ZEBRA




El diagnóstico que no me curó nada (pero me dejó descansar)

O cómo descubrir, más tarde de lo razonable, que no estás rota, solo eres infrecuente.

Hace año y medio me dijeron que tengo altas capacidades. IQ 145. El 0,13% de la población. Me lo dijeron con todo el aparato científico propio de la ocasión: campana de Gauss, percentiles, tablas de colores. Yo asentí con la cabeza como quien recibe el resultado de un análisis de tiroides.

Lo que nadie me explicó es que ese papel iba a ser la cosa más liberadora que me habían dado en la vida. Y eso que me lo daban después de décadas cargando con la sospecha de que algo en mí estaba mal.

La primera pista me la dieron de niña : aprendes rápido, me dijeron, puedes almacenar más. Como si fuera una mochila de mayor capacidad. Lo que nadie mencionó —ni mis padres, ni yo misma, porque tampoco lo sabíamos— es que con esa mochila viene un sistema nervioso que siente todo el doble, una cabeza que no para nunca, y una tendencia al aburrimiento que, si no se gestiona, parece mala educación.

Lo supe de verdad viendo un documental. Podría haber sido uno de pingüinos emperador, o de la dinastía Ming. Yo veo muchos documentales y no tenía el menor interés en las altas capacidades, como tema. Pero era ese, y lo puse. Me quedé estupefacta y hasta me puse de pie delante de la pantalla diciendo en alto: hostia! Si eso es lo que me pasa a mí ¡!

No era solo el IQ, eso ya lo intuía. La parafernalia emocional entera. Eso fue el diagnóstico real.

Porque el cerebro, estructuralmente, es distinto. No es una cuestión de velocidad, aunque también. Es arquitectura. Donde la mayoría piensa en línea recta —A lleva a B, B lleva a C—, este tipo de cerebro piensa en árbol: todas las ramas a la vez, simultáneamente, sin orden aparente. Mi hijo me solía decir: ama, no te precipites!. Yo también lo creía. Ahora sé que  cuando yo tengo clara una decisión, no me he precipitado. He manejado más hipótesis que cualquiera, en menos tiempo, sin que se note el trabajo. Lo que parecía impulsividad es, en realidad, el resultado de un proceso más completo. Solo que invisible.

La carrera, por ejemplo, la hice en el bar porque estudiaba una noche y aprobaba. Pero eso lo tenía muy callado. Porque a las listas que encima no se esfuerzan no se las quiere nada.

Otra cosa que pasa es que nos entran más datos. Muchos más. No porque los busquemos, sino porque el filtro que tiene la mayoría —ese que decide qué merece atención y qué no— en nosotros tiene los agujeros más grandes. O directamente no existe. Alguien lo explicó  con una imagen que no he olvidado: donde la mayoría recibe información a 300 megas, nosotros la recibimos a 2 gigas. Todo el rato. Sin botón de pausa. La gente normal entra a una habitación y ve una habitación. Nosotros entramos y registramos la humedad, la luz, el cuadro torcido, la tensión entre dos personas en un rincón, el olor a pintura vieja , la mejor distribución de los muebles y que la música no encaja con el momento. Todo a la vez, todo sin querer, todo sin poder evitarlo. Es una ventaja. Es también, según el día, un agotamiento considerable.

Llevo toda la vida haciendo un esfuerzo descomunal por encajar. Un esfuerzo callado, educado, agotador. Me he aburrido en conversaciones en las que participaba con entusiasmo fingido. He moderado mis opiniones para no resultar intensa. He sonreído ante chistes que no me hacían ninguna gracia. He intentado querer a personas que me querían bien pero con las que no podía hablar de nada que me importara de verdad. Todo eso tiene un nombre, se llama enmascaramiento, y es extenuante. Lo hacemos mucho las mujeres con altas capacidades, porque nos enseñan desde pequeñas que destacar es de mala educación.

El capítulo de las parejas merece párrafo propio. Un amigo de la infancia se me acercó hace unos años, después de mucho tiempo sin vernos, y me dijo con una honestidad que le agradezco: “Es que nosotros te parecíamos poco.” Me quedé pensando si era arrogancia. Ahora sé lo que era.

He buscado parejas que me estimularan intelectualmente. Eso, en determinados entornos, es como ir a una pescadería a buscar un buen vino: no es que la pescadería sea mala, es que vende otra cosa. He encontrado, alguno, pero siempre lejos. El último que reunía todas las condiciones —listo y además cerca— resultó ser un psicópata integrado y casi consigue destruirme . Esas cosas pasan. Los cerebros que buscan intensidad a veces confunden la destrucción con la profundidad. También eso tiene nombre, también eso se aprende.

Desde que entendí cómo funciona mi cabeza, he cogido un descanso que no sabía que necesitaba. No el descanso de quien se rinde por agotamiento, sino el de quien por fin comprende las reglas del juego y decide si quiere seguir jugando. La respuesta, en mi caso, es: sí, pero a mi manera. Acompañada si la compañía es buena. Sola si no lo es. No es amargura. Es criterio.

Me lo paso muy bien sola. Eso no es un consuelo, es una afirmación. Mi cabeza es un sitio bastante interesante para vivir. Tiene muchos cuartos, todos con buena luz, y puedo amueblarlos como quiero. Salgo cuando hay algo que valga la pena fuera. No salgo cuando no lo hay. Y he dejado de sentirme culpable por ello.

El diagnóstico no me curó nada. Sigo siendo la misma persona que se aburre en las cenas, que necesita entender las cosas hasta el fondo, que prefiere una conversación difícil a un silencio cómodo. Pero ahora sé que eso no es un defecto de fabricación. Es el modelo que soy. Y el modelo funciona bien. Solo hay que saber para qué sirve.

Si alguien me hubiera dicho esto con veinte años, habría ahorrado mucha terapia. Y varios novios. Pero supongo que ese también es el patrón: llegamos tarde a entendernos, porque nadie nos lo enseña, porque somos pocos, porque encajamos demasiado bien en el silencio. Hasta que dejamos de hacerlo.

El 0,13% no busca compañía a cualquier precio. Simplemente ha aprendido, por fin, a no pagarla.

Oye que descanso…

domingo, 26 de abril de 2026

LA ALIMAÑA

Nunca me había encontrado con un psicópata. Jamás. Y no es por ingenuidad: soy culta, estudiada, vivida… hostia, una mujer que ha leído, pensado y sentido bastante.

Pero ahí estaba yo, un día cualquiera, frente a uno. Uno muy bueno, de esos que parecen normales hasta que no lo son. Hasta que no lo son y te enseñan, sin avisar, lo que es vivir con un monstruo que sabe disfrazarse de persona.

Durante mucho tiempo no supe cómo llamar a lo que me pasaba. Una confusión emocional que me atrapaba, que me hacía repetir conversaciones una y otra vez en mi cabeza, intentando descifrar por qué ahora se me había olvidado vivir. Qué había hecho mal. En qué punto exacto dejé de ser yo sin darme cuenta.

Y lo más terrible de estar dentro de una relación así es que nadie te cree. Dudaba de mí misma y además, cuando comunicaba mis sospechas, todo el mundo me decía “coño… estás loca…” mientras él mantenía una imagen impecable frente a todos. Sin recibir el apoyo que necesitaba, sin nadie que me ayudara a ver la realidad. Me quebré. El sistema de salud también intervino: me medicaron de forma significativa durante años, dejándome completamente fuera de órbita.

Hasta que alguien me escuchó. Mi terapeuta. Escuchaba. Y eso era mucho.

Porque poner palabras siempre me ha servido. Escribir me ha servido. Pero hablarlo, hablarlo de verdad, con alguien que no te juzga y que además está fuera de la jurisdicción del psicópata… eso fue un primer respiro.

Y un día hizo una pausa. Una pausa larga. Me miró fijamente y dijo:

“Oye… pero… ¿a ti te gusta como persona?”

Pues yo no me lo había preguntado. Nunca. Me quedé pensando: ¿pero me gusta como persona? Y entonces empezó a caerse todo. Empecé a notar que la realidad de mi vida con él era oír una cosa y ver otra. Y yo creía lo que oía sin tener en cuenta lo que hacía, porque cuando alguien en quien confío me dice cosas, me las creo.

Esa frase me sacó del laberinto, me sacó de la disociación cognitiva. Bueno, empecé a salir. Y entonces los descubrí: Gaslighting, reencuadre, negación sistemática, minimización, proyección, triangulación, intermitencia reforzada, love bombing, ley del hielo, devaluación progresiva, aislamiento social, desprestigio previo, invalidación emocional sistemática, doble vínculo, movimiento de portería, whataboutism, salami slicing, máscara social, encanto instrumental, victimización estratégica, monitoreo y vigilancia, micromanagement emocional, castigo y recompensa, hoovering.​​​​​​​​​​​​​.. todos los horrores. Resulta que todo lo que me había parecido incomprensible durante años tenía nombre. Tenía manual. Tenía víctimas antes que yo y las tendrá después.

Y aquí está la trampa más cruel: estos mecanismos funcionan precisamente porque no los conocemos. El psicópata —el manipulador, el abusador emocional, llámalo como quieras— opera en la oscuridad del desconocimiento ajeno. Sabe que si su víctima no tiene vocabulario para lo que le está haciendo, tampoco tendrá forma de defenderse. Por eso nombrarlos importa. Por eso hablar de ellos importa. Porque estos monstruos no viven en las películas de terror: viven entre nosotros, van al trabajo, tienen amigos que los adoran y sonríen en las fotos de grupo. Identificarlos —reconocer sus patrones, sus técnicas, su arquitectura del daño— es el único antídoto real. A mí me costó once años de mi vida aprenderlo. Ojalá a ti te cueste solo leer este post.

Y empecé a recuperar algo fundamental: mi vida. Mi criterio. Mi coraje. Mi capacidad de sentir sin estar permanentemente justificando a otro.

Yo pensaba que la inteligencia, la cultura o la experiencia me protegían de caer en una relación de abuso emocional.

No es verdad.

En mi caso, la pregunta correcta no era: ”¿me quiere?” Ni siquiera: ”¿va a cambiar?”

Para mí, la pregunta detonante fue:

¿Pero… te gusta como persona?

Gracias, Arkaitz

Y gracias también a Vicente Garrido Genovés por su accesibilidad, sus consejos y su libro “ El psicópata integrado en la familia, la empresa y la política”

Sin ellos no habría visto la salida.

Imagen de Elza Kurbanova

sábado, 25 de abril de 2026

MIS 100.000 PESETAS Y YO



(O cómo financié el crowdfunding más grande de la historia de Europa sin saber que eso existía)

El 15 de julio de 1998 el juez Garzón cerró el periódico Egin. El 16 de julio de 1998 ya estábamos poniendo dinero para abrirlo de nuevo.

Al día siguiente. Literalmente.

No había plataformas, no había algoritmos, no había campañas virales. Ni siquiera había nombre para lo que estábamos haciendo. Había rabia, había convicciones, y había gente sacando la cartera antes de que el polvo del cierre se hubiera asentado. Los propios trabajadores de Egin sacaron algo a la calle al día siguiente, como quien dice aquí seguimos, no nos habéis callado. Y nosotros, desde fuera, respondimos igual :

6 millones de euros de hoy

10.000 personas

el mayor caso conocido en Europa en este tipo de financiación

A base de confianza, de boca en boca, de sobres y firmas. Y nació el periódico Gara.

Yo puse 100.000 pesetas. Una cifra redonda que en pesetas suena a mucho más de lo que era: 601 euros. Lo que cuesta hoy una noche de hotel con pensión completa en Donosti.

Acabo de calcular cuánto valdría ese dinero invertido en ladrillo, que es lo que hago siempre. Entre 2.500 y 3.000 euros. Tampoco para tirar cohetes. Pero el 16 de julio de 1998 no pensé ni un segundo en el ladrillo. Pensé en que necesitábamos un periódico, y lo pensaron otras 9.999 personas al mismo tiempo, con la misma urgencia, casi el mismo día. No lo llamábamos crowdfunding. Lo llamábamos compromiso.

Quince años después, en 2015, Pedro J. Ramírez lanzó El Español con una campaña de crowdfunding que se presentó como récord mundial del periodismo. Consiguió 3,6 millones de euros. De 5.600 personas. Con toda la maquinaria de internet, las redes sociales y la prensa rosa cubriendo cada movimiento del fundador.

Nosotros fuimos el doble de gente y recogimos el doble de dinero. En 1998. Sin móviles. Sin internet. Sin nada más que las ganas y el cabreo.

La diferencia es que ellos lo llamaron crowdfunding y salió en todos los periódicos. Nosotros lo llamamos compromiso, y no salió en ninguno. Porque cuando lo hace la izquierda abertzale, la historia mira para otro lado. Siempre hay una razón. Siempre hay un pero. Siempre hay un silencio que se disfraza de prudencia.

Porque en 1998 pusimos dinero movidos por valores. Y los valores siguen ahí. Intactos. Aunque el mundo que los necesita sea cada vez más oscuro y más ruidoso.

Hoy el fascismo avanza a gritos y a insultos. La extrema derecha ha aprendido a ocupar todos los espacios sembrando miedo y barro. Y en ese paisaje, un periódico que dice lo que piensa, que no le debe nada a ningún poder institucional ni a ninguna derecha con chequera, vale más que nunca. Aunque ande justo. Aunque nadie lo cuente.
En 1998 supimos responder al día siguiente. Sin manual, sin plataforma, sin nombre para lo que estábamos haciendo. Solo con la certeza de que había que hacer algo.
Quizá ahora también toca pensar qué hay que hacer. 

Otra vez.

viernes, 24 de abril de 2026

EL AVE FENIX



Hubo un tiempo en que yo era ese teléfono que siempre tenía cobertura. Daba igual la hora, el contexto o el desastre: sonaba y yo respondía. Sin preguntas incómodas, sin condiciones, sin factura. Si hacía falta pala, yo ya iba de camino con dos.

No era altruismo puro. Tampoco era ingenuidad, aunque lo pareciera. Era una mezcla muy bien cocinada de responsabilidad autoimpuesta, empatía desbordada y una convicción silenciosa: si yo puedo sostener, sostengo. Y sostuve. Hijos, parejas, familia, amigas, estados de ánimo ajenos, vidas enteras que parecían desmoronarse si yo soltaba un milímetro.

Spoiler: no se desmoronaba nada si yo soltaba, pero…

Lo que sí se desmoronó fui yo. Con elegancia, eso sí. Sin hacer ruido. Que para eso una también cuida: incluso su propia caída.

Después vino el derrumbe oficial, ahí con un poco de ruido. La palabra grande: depresión. Profunda, de las que no admiten maquillaje ni frases motivacionales. Y, contra todo pronóstico —incluido el mío—, salí. No intacta, eso es un mito, salí distinta. Bastante más incómoda para los demás, curiosamente.

Porque al salir, hice algo imperdonable: empecé a mirar la reciprocidad.

Y claro, aquello era un páramo.

Descubrí que muchas relaciones funcionaban con una lógica muy sencilla: yo daba, el otro recibía. Yo entendía, el otro exigía. Yo sostenía, el otro se apoyaba… con todo su peso. Y no, no era un malentendido puntual. Era el sistema.

Así que tomé decisiones. No heroicas, no épicas. Prácticas.

Me separé de quien convertía el vínculo en un campo de desgaste constante. Corté con la idea de que la familia es una obligación perpetua, incluso cuando te resta más de lo que te da. Empecé a retirarme —sin escándalo, pero sin ambigüedad— de amistades donde la balanza llevaba años rota. En definitiva lo que hice es bajarme del modo disponibilidad infinita.

Seguiré estando, sí. Pero no a cualquier precio, ni en cualquier formato, ni con esa inmediatez automática que me convertía en servicio público.

Y aquí viene la parte incómoda: no todo el mundo lo ha entendido. Algunos lo viven como una traición. Otros, como un cambio de carácter. Alguno incluso como una especie de misterio clínico.

Yo lo llamo ajuste de cuentas con la realidad.

Porque no, no es que “ahora piense más en mí” como si antes hubiera sido una mártir despistada. Es que ahora también entro yo en la ecuación. Que es bastante distinto.

Y en medio de todo esto, aparece un pensamiento poco elegante pero tremendamente honesto: mira lo que se han perdido.

No lo digo desde la soberbia, aunque lo parezca. Lo digo desde la constatación. Perder a alguien que estaba —de verdad—, que no fallaba, que no negociaba su apoyo… no es trivial.

Durante años fui ese recurso inagotable. Esa persona a la que se acude sin dudar porque sabes que no va a fallar. Y eso tiene un valor.

La diferencia es que ahora ese recurso tiene condiciones de uso.

No hay rencor permanente, aunque haya momentos de claridad un poco más cruda (“que se jodan” es una forma rápida de resumir procesos complejos). Hay, sobre todo, un criterio nuevo: si no hay reciprocidad mínima, no hay acceso ilimitado.

Y no, no significa quedarse sola. Significa dejar espacio para vínculos donde no haya que sostenerlo todo en solitario.

Quizá lo más interesante no es a quién dejo fuera, sino a quién dejo entrar ahora.

Esa parte aún se está escribiendo.

Y sinceramente, esto se está poniendo interesante. Muy interesante…