lunes, 3 de agosto de 2026

COMO SE PARALIZA A UN HOMBRE DE TREINTAYTANTOS AÑOS

Seré honesta: lo mío con el arte es desproporcionado, para no vivir de ello... No lo digo pidiendo perdón, lo digo como dato. El cine, el teatro, la música, la literatura, la pintura, la escultura, los museos. Todo. Es una pasión que me alimenta y, en buena medida, lo que me ha hecho ser quien soy. Como toda persona con una pasión grande, he intentado contagiársela a mis hijos y los dos han absorbido algo. Pero el mayor ( jo, que joven lo tuve y como pasa el tiempo…) es el que tiene las inquietudes artísticas más afines a las mías.

Y una afinidad así merece un regalo a la altura. Tengo un amigo que es escultor. Vive y trabaja en mi ciudad aunque su obra lleva tiempo escapándose por el mundo. Hay piezas suyas de bronce, enormes, en parques de la ciudad, de esas que te paras a mirar sin saber muy bien por qué, y luego sigues caminando un poco incómoda. Es surrealista y además tiene un punto inquietante muy importante. Es, en definitiva, exactamente el tipo de artista que no le gusta a todo el mundo, y eso, para mí, es una recomendación.

Cuando empecé a darle vueltas al cumpleaños de mi hijo, le conté qué quería regalarle una pieza suya , que no sabía cuál, que necesitaba ver cuál miraba mi hijo sin darse cuenta de que yo le estaba mirando. Y que necesitaba su complicidad.

El plan era sencillo: los llevaría al estudio el primer día de su visita, que ellos vivían en otra ciudad. Una visita cultural, les diría. Una cosa muy interesante. Vendría la novia también. Nadie sospecharía nada porque no había nada que sospechar. Todavía.

Fuimos los tres, mi hijo y su novia muy interesados. El artista actuó con una naturalidad que le honra, o que simplemente es su manera de ser, que en él es difícil distinguirlo. Mi hijo recorrió el taller con esa actitud suya de no querer parecer demasiado impresionado, que es exactamente la actitud de alguien muy impresionado. Y en un momento dado, se paró. Delante de una pieza concreta. Preguntó por ella.

Mi amigo y yo nos miramos.Ta ca tá…! La cogimos y la tuvimos todos entre las manos.

Después tomamos una cerveza en el porche del estudio y hablamos de otras cosas. De vuelta a casa, mi hijo me dijo que tendría que decirle a ese artistazo !! que le había gustado un montón su obra y que esa pieza en concreto, la que había mirado y tocado , le gustaría tener.

El escultor y yo ya lo habíamos visto venir. Ya estaba todo puesto en marcha.

Fui a buscar la pieza. La traje. Mi amigo la preparó en una caja envuelta en plástico de burbujas, yo la envolví de regalo y le puse un lazo grande y verde con el cuidado de alguien que lleva semanas siendo cómplice de sí misma. El día de su cumpleaños cenamos los tres: él, su novia y yo. Hubo otros regalos. Llegó el mío en un carrito, porque no había otra manera de transportarlo con dignidad.

Lo abrió. La caja, digo. Y ahí estaba aquello envuelto en plástico de burbujas, que es una forma muy poco glamurosa de presentar el surrealismo, lo reconozco. Pero cuando lo tocó, cuando notó el peso y la forma, algo cambió en su cara y dijo : “NO ME JODAS…!!” Mirando al techo, casi gritando, de esos que salen solos sin permiso. Y se paralizó.

Completamente quieto. De pie, sin moverse. Hay un término para eso: parálisis por sorpresa. El sistema nervioso recibe demasiado de golpe y decide, razonablemente, no hacer nada por un momento. Su novia aguantó lo que pudo, que fueron segundos pero que a ella le debieron parecer una eternidad, y soltó: ¡Pero ostras, ¿qué es?!!! ¡Vosotros ya lo sabéis PERO YO NOOO!!!

Y todo volvió a moverse.

Lo que vino después fue lo que viene siempre cuando algo de verdad te llega: silencio primero, preguntas después. Se pasó el día siguiente mirándola y haciendo preguntas del tipo :

- Ama, ésto es para siempre?

Le expliqué que es bronce y el bronce lleva con nosotros desde antes de que existiera la escritura. Que hay piezas de bronce que tienen más de 4000 años. Que la suya iba a sobrevivirle a él, a sus hijos, y posiblemente a todo lo que conocemos.

Lo procesó.

Y un par de días después, me miró fijo y dijo:

- Ama, … todo ésto estaba preparado?

No era una pregunta. Era un hombre de treinta y tantos años (jo, que joven lo tuve y como pasa el tiempo…) descubriendo, con una especie de asombro tranquilo, que su madre lleva toda la vida tejiendo en la sombra. Que algunas visitas culturales no son inocentes. Que las cervezas después del taller tampoco.

Que sí. Que todo ésto estaba preparado.

Y que mejor no podía haber salido, la verdad.


martes, 21 de julio de 2026

ESA PUERTA…!!!

Sí, sí te he perdonado. Ya no hay rabia, ya no hay rencor, pero a mi vida no vas a volver.

Durante un tiempo pensé que ese tipo de pensamiento era de mala persona, hasta que entendí una cosa: que perdonar y dejar volver no es lo mismo.

Y como la gente confunde esto todo el rato, creen que si tú soltaste el enfado, te toca abrir la puerta de tu vida otra vez. Pero no.

El perdón ha sido y fue para mí, para dejar de cargarte en la cabeza y para liberarme. Pero el acceso a mi vida, eso ya es otra cosa. Eso te lo ganas.

Porque puedo perdonarte y, aun así, no confiar en ti. Puedo desearte lo mejor, de verdad y de corazón, y no quererte cerca.

Que no lo dejes entrar no te hace frío ni te hace rencoroso. Te hace alguien que aprendió que la cercanía, sin un cambio real, solo te garantiza que todo se repita.

Así que sí, perdona y suelta el peso y quédate en paz. Pero la puerta de tu vida, que se la gane quien de verdad la merece.


Mitxel González.

lunes, 20 de julio de 2026

EL ENTUSIASMO


Hay personas que entran en un lugar y parecen llevar consigo una luz que no depende del ambiente. No porque todo les salga bien, no porque nunca sufran, sino porque todavía son capaces de emocionarse.

Se emocionan con una conversación profunda, con una idea nueva, con un amanecer, con un libro, con una taza de café, con el progreso lento, con la posibilidad de convertirse en alguien mejor. Y eso es extraordinariamente raro.

El mundo suele premiar el cinismo. Hace parecer inteligente a quien critica todo, a quien se burla de todo, a quien ya no espera nada. Pero el cinismo no es profundidad. Muchas veces es solo una armadura para no volver a decepcionarse.

Mantener el entusiasmo cuando la vida ya te ha golpeado requiere mucho más valor que perderlo. Porque entusiasmarse es exponerse, es aceptar que algo te importe, es permitir que el fracaso duela y, aun así, seguir creyendo que vale la pena intentarlo una vez más.

La energía de una persona no nace de hablar más fuerte, nace de seguir encontrando belleza donde otros ya dejaron de mirar.

Protege ese fuego. Rodéate de personas que todavía sonríen cuando aprenden algo nuevo, que celebran los pequeños avances y que viven con curiosidad en lugar de resignación.

Porque el entusiasmo auténtico no solo transforma a quien lo siente, también despierta a quienes lo rodean.

 Gloriaestoica.com


sábado, 11 de julio de 2026

LAZTANA

  

 

Hubo una época hace muchos años en que mis noches tenían forma de foro. Foros de literatura, de esos tan arcaicos que ahora suenan a arqueología industrial: letras verdes sobre fondo negro, avatares minúsculos, gente que discutía sobre Rulfo a las dos de la madrugada con el mismo fervor con el que hoy se discute sobre cualquier cosa en cualquier parte. Yo entraba ahí como quien entra en una taberna de paso: buscando compañía sesuda que no exigiera explicaciones.

 

Fue allí donde lo conocí. Funcionario de lunes a viernes, escritor el resto del tiempo, con varios libros publicados.

 

Quedamos por primera vez en León. Aquello era, simplemente, un encuentro entre dos personas que se habían gustado por escrito, que es la forma más antigua y más honesta de gustarse, sin cuerpo de por medio, solo con la cadencia de las frases del otro. Paseando por León entramos en una librería de viejo, que tanto nos gustaban a los dos.

 

Y allí, entre lomos desconchados, apareció un libro sobre un árbol genealógico ilustre y siniestro a la vez. Ramas y más ramas, primos y sobrinos, hasta llegar al último escalón. Y en ese último escalón estaba él. Una hoja más de ese árbol, de la rama de izquierdas, eso sí, del apellido venido a menos en lo ideológico, por mucho que ese apellido pesara como una losa en cada presentación, en cada nómina, en cada “¿algo que ver con…?”.

 

No compró el libro. Yo tampoco. Ahora me arrepiento un poco, la verdad, y creo que en cuanto acabe esto voy a buscarlo.

 

Me contó, mientras seguíamos paseando, que su madre hablaba de vez en cuando por teléfono con la hija de aquel hombre del que estaban emparentados. Bajito. A escondidas de él, como si un hijo de izquierdas fuera a escandalizarse más de lo que ya estaba escandalizado por el simple hecho de llevar ese apellido a todas partes, como una etiqueta pegada a la piel.

 

Nos quisimos, después de aquello, con la intermitencia de la gente que vive vidas paralelas y solo se cruza cuando las circunstancias de la vida y el calendario lo permiten. Un mensaje por Navidad. Un “qué tal” cualquier martes de marzo. Y luego, cuando el amor de cada uno se resquebrajaba en su propia casa, unas cuantas veces más nos encontramos de verdad: dos en León, que ya era nuestro territorio neutral; otras dos en mi ciudad, él conduciendo 600 kilómetros del tirón, en coche, algo que a mí me parecía una temeridad y una declaración de intenciones al mismo tiempo, alguna más en algún sitio y sobre todo una Nochevieja en Nápoles yendo cada uno desde su casa.

 

Pasamos una Nochevieja en Nápoles . Un poeta y yo, brindando en una ciudad que ha visto brindar a medio mundo durante casi tres mil años, sin que a ninguno de los dos nos importara demasiado que aquello no tuviera nombre ni futuro. Eso, más que una anécdota, es una novela que alguien debería escribir. Puede que la escriba yo. Puede que ya la esté escribiendo.

 

Me llamaba laztana, que en el idioma de los vascos es una palabra de cariño, pero de un cariño concreto, con un matiz teñido de ternura, de esa ternura que se reserva para muy poca gente porque gastarla en cualquiera la devalúa.

 

No sé qué es de él, ni si sigue escribiendo, ni de su no relación con la familia de aquel apellido. Nada.

 

Hay historias que uno vive sin saber, mientras las vive, que un día las va a necesitar para un post. Esta es una de ellas.

 

Pero qué preciosidad de historia, dios mío de mi vida!

 

P.S. Me acabo de comprar el libro de aquella tarde… ventajas del internete…

 

 


miércoles, 8 de julio de 2026

EL ARTE DE ECHAR DE MENOS CON MÉTODO

Hay hombres que se van y hombres que se quedan. Fernando pertenece a una tercera categoría, más incómoda: los que se van y se quedan. Se fue de mi vida hace ya no sé cuántos años —los suficientes como para que la cuenta empiece a darme pereza— y sin embargo ahí sigue, instalado en un rincón muy concreto de mi cabeza, con llave propia, sin pagar comunidad.

Lo dejé yo. Que conste, porque en estas cosas siempre hay que dejar claro quién sostenía el cuchillo, aunque luego los dos sangremos. Él vivía en una gran ciudad  y yo vivía en una ciudad-pueblo, que es un lugar donde una decide vivir por razones que en su momento parecen buenas. Él es escritor, programador cultural, de esos hombres que llegan tarde a las cenas porque han estado hablando de Pasolini con alguien en la barra. Yo tenía dos hijos pequeños y una vida que no cabía en una maleta de fin de semana, por muchos fines de semana que hubiera.

Nos planteamos, como se plantean estas cosas cuando ya no queda más remedio, quién se mudaba. Yo podría haberme ido a su casa. No lo hice. Y aquí es donde el post podría ponerse blandito y yo podría decir que las circunstancias, que los niños, que la vida no da para tanto valor. Todo eso es verdad. También es verdad —y esto me lo digo a mí, no a él— que tuve miedo. Miedo normal, del que no sale en las películas: el de dejarlo todo por un hombre al que quería mucho. Fui cobarde. Lo digo sin dramatismo, como quien reconoce que no sabe aparcar en batería: es un dato, no una tragedia.

Y él, si hubiera venido a mi ciudad-pueblo, que insistió e incluso miró locales para montar su oficina, se me habría mustiado como una flor sin agua. Lo sé con la misma certeza con la que sé que el jamón se cura con sal y tiempo. Fernando necesitaba su ciudad como yo necesito estar sola casi todo el tiempo: no es un capricho, es fisiología. Y Fernando mustio no me iba a gustar. Así que cada uno se quedó en su sitio, y el amor, que no es tonto, se quedó donde estaba el terreno más fértil: en el recuerdo.

Después ha habido más hombres. Buenos, interesantes, algún desastre memorable que casi me cuesta la vida, sí sí, leéis bien: la vida. Los he querido con la intensidad de siempre, porque yo cuando me enamoro me enamoro entera, sin reservarme un cuartito para la prudencia. Y funciona, mientras dura. Pero en cuanto se apaga la fiesta aparece Fernando, puntual como un cobrador. No llamado, no invocado: simplemente estaba esperando su turno.

Hace un par de años, en un hueco entre relaciones, le escribí. Facebook, ese confesionario moderno donde uno se arma de valor detrás de una pantalla. Me contestó con la cortesía exacta de quien no quiere abrir una puerta: amable, breve, cerrada con doble vuelta. Y con razón, probablemente. Yo también habría cerrado esa puerta si alguien hubiera venido a llamarla veinte años después con la mano temblando un poco.

Así que no hay nada que hacer, ni falta que hace, en realidad. Fernando no es un hombre al que quiera recuperar; es el lugar donde guardo la versión de mí misma que se atrevió menos de lo que hubiera querido. Echarlo de menos a él es, sospecho, una manera elegante de echar de menos aquella vida y aquella decisión que no tomé. Y como no puedo reescribir el pasado, hago lo que hace cualquier mujer de recursos: me arrimo en la imaginación y lo dejo tranquilo en la realidad.

Que cada cual guarde sus fantasmas donde mejor los sepa alimentar.

Pues asín.


domingo, 28 de junio de 2026

SOLIVAGANT

 

Estaba yo tan tranquila cuando me topé con esta palabra: solivagant. Del latín soli vagans. La que vaga solo. La que deambula en solitario y encuentra en eso, precisamente en eso, su forma de estar en el mundo.

Me quedé parada.

No porque no me conociera. Me conozco bastante bien, a estas alturas. Sino porque llevaba tiempo siendo una cosa sin saber que esa cosa tenía nombre. Y hay algo enormemente satisfactorio en que te pongan nombre. Como cuando el médico te dice el diagnóstico y tú piensas: ah, o sea que no estaba loca, es que tenía esto. Pues eso. Un alivio extraño, casi cómico, el de descubrir que lo tuyo tiene palabras en latín y todo.

Pues eso.

Soy solivagant. O casi. Porque la versión pura del término implica una soledad más hermética de la que yo practico, y aquí hay que ser honesta: yo en el bar me enrollo, en el museo me enrollo, con el del hotel me enrollo, en el tren me enrollo… Hablo lo que me da la gana con quien me apetece, y me voy cuando me apetece. Nadie me espera, nadie me necesita, nadie tiene que consultarme nada ni yo a nadie. Eso es el lujo. No la ausencia de gente, sino la ausencia de obligación.

Lo que no soporto es la compañía estructural. El itinerario negociado. El «¿y tú qué quieres hacer esta tarde?». El tener que llegar a un acuerdo sobre si el museo merece la pena o si mejor tomamos algo primero. Eso me mata. No la gente: la dependencia mutua que genera estar con gente.

Lo que necesito, entiendo ahora, no es exactamente soledad. Es autonomía total con porosidad electiva. Suena a término de ingeniería, lo sé. Pero es lo que hay. Soy permeable al mundo en mis propios términos y en mis propios momentos, y eso no tiene nada que ver con ser huraña ni con ser sociable. Es otra cosa. Es ser soberana de mi propio tiempo y de mi propio humor.

Y luego está lo otro: cuando veo algo que me parte por la mitad —un paisaje, una obra, una luz que no debería existir a esa hora en ese sitio— sí, durante un momento quiero contárselo a alguien. No que estuviera ahí, ojo. Eso arruinaría el momento. Solo contárselo. Un receptor. Un instante de transmisión y ya. La emoción necesita salir, pero no necesita compañía. Necesita un destinatario.

Que es, pensándolo bien, exactamente lo que es esto que estáis leyendo. 


Pues eso.

 


jueves, 4 de junio de 2026

EL RECIBO DE LA FUNERARIA



Tengo una cuenta bancaria compartida con mi hermana desde hace no sé cuánto tiempo. Desde el dos mil ocho, creo, aunque podría ser antes. El caso es que ahí llegan sesenta euros al mes de un alquiler de un garaje, y una vez al año la cuota de la comunidad de ese mismo garaje. También tenemos domiciliado el recibo de una mutualidad funeraria de un pueblo, que nos contrató mi madre prácticamente desde que éramos niñas. Lo heredamos junto con todo lo demás.

Reconozco que ese recibo tiene su encanto. Una cuenta bancaria compartida entre dos hermanas que no se llevan especialmente bien, sostenida en parte por una póliza para cuando nos muramos. Hay algo poéticamente apropiado en ello.

De ahí salen también algunos recibos suyos. La luz. El agua. La contribución. Cosas de su casa de veraneo. Una miseria, en términos absolutos.

Lo curioso es que nunca ha habido ninguna razón para que sus recibos estén domiciliados en una cuenta mía. Ninguna razón técnica, quiero decir. Administrativamente es perfectamente posible cambiar una domiciliación. Yo lo hice en dos mil nueve con otra casa igual también de veraneo que también estaba en esa cuenta.Tardé, no sé, una tarde.

Ella lleva diecisiete años sin encontrar esa tarde. O habrá alguna otra razón? …

De vez en cuando, cuándo le parece, hace las cuentas. Calcula lo que ha entrado, lo que ha salido, lo que me corresponde. Me lo comunica. Yo asiento. Tampoco es que me juegue el condumio en ello.

Lo que me resulta interesante, desde un punto de vista puramente antropológico, es la economía del esfuerzo. Hay personas para quienes resolver algo pequeño requiere condiciones perfectas: el momento adecuado, el estado de ánimo adecuado, la ausencia de cualquier otra cosa en el horizonte vital. Diecisiete años dan para muchas condiciones imperfectas.

O será alguna otra cosa? …

Yo, en cambio, soy de las que llaman al banco por la mañana y a mediodía ya está.

Pero bueno. Cada una tiene su método.

O será alguna otra cosa? …

Os leo

martes, 2 de junio de 2026

AYNSS MI MADRE…

 

Mi madre no me quiso.

Hay cosas que tardas décadas en decir con todas las letras, no porque no las supieras, sino porque decirlas en voz alta les da una solidez que da un poco de vértigo. Mi madre no me quiso. Así, sin matices, sin paréntesis, sin el “pero era su manera de querer” que te endosan desde todos los flancos en cuanto abres la boca.

No era su manera de querer. Era que no me quería.

Lo fui entendiendo despacio, como se entienden las cosas que duelen: primero como sospecha, luego como certeza incómoda, finalmente como dato. Un dato frío, manejable, casi aburrido de tan asentado. Mi madre no me quiso.

Claro que fui buscando explicaciones, porque soy así, porque no puedo dejar un misterio sin auscultar. Y las encontré. Hay una historia antes de mí: un hermano que murió en el parto, un duelo que nunca se hizo, un embarazo tres meses después como si el tiempo pudiera saltarse a sí mismo. Llegué al mundo a ocupar un hueco que no era mío, ante una mujer que no había terminado de llorar al anterior.

Eso explica mucho. No justifica nada, pero explica.

Lo que ya no tiene explicación tan elegante es el resto. El bullying doméstico. Los insultos. Decirle a mi hermana pequeña, que tenía menos de 10 años, que no me hablara. O negarse a arreglar la  herencia de un terreno que ella nunca iba a pisar, solo para que yo no lo disfrutara y decírmelo así…orgullosa. Eso no es un duelo no resuelto. Eso es maldad.

Mi padre era otra cosa. Una persona de una envergadura moral que su propio cuñado, hermano de mi madre, no puede recordar sin que se le quiebre la voz. Yo tampoco. Y me quiso muchísimo. Tuve eso, y no es poco.

Pero durante mucho tiempo tuve que pelear con la pregunta más básica y más devastadora que puede hacerse una hija: ¿por qué a mí no? No como drama, sino como enigma real, urgente, que te ronda en la playa cuando piensas demasiado, que es lo que hago siempre.

La respuesta, al final, es que algunas personas no son buenas personas. Y a veces esa persona es tu madre. Y no pasa nada, en el sentido de que el mundo sigue girando y tú también. Pasa, eso sí, que te lo comes con patatas durante unos cuantos años y que el trabajo de desmontar lo que eso te hizo es largo y a veces tedioso y nunca del todo terminado. Y además, caro.

Pero se hace. O al menos yo lo hice.

Y aquí estoy, contándolo desde la playa, pensando demasiado como siempre, sin que se me mueva el ánimo un milímetro.

Que no es poco.

TERRA MÍTICA


Hay hoteles que te roban el alma. Hay hoteles que te roban la cartera. Y luego estaba el programa Bonotel con un establecimiento en Benidorm que no te robaba nada porque no se enteraba de que habías estado comiendo allí.

Corría el año en que mis hijos tenían once y trece años —esa edad gloriosa en la que ya no necesitan que les ates los zapatos pero todavía puedes arrastrarlos de vacaciones sin que te denuncien—, y la ocasión era Terra Mítica, el parque temático que Benidorm se había sacado de la manga con el entusiasmo de quien convierte un descampado en la Antigua Roma. Había que ir. Era la ley.

El Bonotel era una de esas ideas de los noventa que funcionaban porque nadie había inventado aún la palabra disrupción: comprabas un talonario, elegías entre los hoteles adheridos, y la noche te salía por lo que valía un menú del día en un sitio decente. Piscina incluida. Perfecto. Dos hijos, una madre, una habitación, y a Benidorm.

Lo primero que noté al bajar al desayuno fue que nadie me preguntó nada. Ni el número de habitación, ni el nombre, ni si tenía o no tenía el bono del bufé. Nada. Como si yo fuera simplemente una señora que había aparecido por la mañana con hambre, lo cual, técnicamente, era verdad.

Lo segundo que noté fue que mis hijos no comían por igual.

El mayor comía como un regimiento. Con la concentración y la determinación de quien entiende instintivamente que el bufé libre es una gran oportunidad y una institución que merece respeto, recorría el mostrador con criterio, sin remordimientos y sin dejar nada relevante atrás. El pequeño, en cambio, no comía. Y no es que comiera poco —es que no comía. En toda la estancia, lo único que cruzó sus labios en el hotel fue un actimel, un martes por la mañana, y fue porque le agarré de las piernas, le tiré literalmente de la cama y le dije: - como no bajes a desayunar, te mato a hostias. Y bajó. Se bebió el actimel. Me lo recordó varias veces  durante años con el tono de alguien que sobrevivió a algo.

Pasaron los días. No sé cuántos. Comidas, cenas, piscina, Terra Mítica, más piscina. Nadie nos preguntó nada en ningún momento. Las bebidas sí —eso lo apuntaban en un papelito, te lo traían, lo pagabas, y el papel lo arrugaban y lo tiraban a la papelera delante de tus narices—. Yo estaba atenta. Lo veía. El sistema era un coladero y yo me limitaba a observarlo con el interés tranquilo de quien asiste a un fenómeno natural. El resto era como vivir en un sueño muy bien climatizado donde los camareros te sonreían sin pedirte cuentas.

Antes de marcharme, porque soy como soy, me acerqué a recepción. No iba a irme sin saber si debía algo. No por escrúpulos éticos especialmente desarrollados, sino porque la incertidumbre me produce urticaria.

—Mañana ya salimos del hotel , debo algo?

El recepcionista consultó, supongo que el teléfono, el minibar y esas cosas. Frunció el ceño de manera decorativa.

—No, no deben nada.

—Pues muy bien.

Y me fui.

Esa noche, al volver a la habitación, había una carta deslizada por debajo de la puerta. Ya está, pensé. Aquí está la factura. La abrí con la serenidad de quien ya ha aceptado su destino.

Era una carta del hotel agradeciéndome la visita y esperando que hubiera estado encantada.

A los meses, en Navidad, otra carta. El sobre tenía el membrete del hotel. Ahora sí, me dije. Ahora me pasan la factura.

No. Era la felicitación navideña. Con la esperanza de volver a verme pronto.

No volví. Benidorm y yo nos entendemos mejor en la distancia, que es donde mejor se entienden muchas cosas. Pero guardo un afecto especial por ese hotel que durante varios días nos alojó, nos desayunó, nos comió y nos cenó sin enterarse de nada, y que luego nos mandó postales como si fuéramos amigos de toda la vida.

Supongo que lo éramos.

viernes, 29 de mayo de 2026

EL GRITO QUE SACUDIÓ LOS CIELOS



En los días sin tiempo, cuando la eternidad aún no había nacido y el universo era solo un suspiro de luz, Lucifer era el más sublime de los ángeles. Su rostro brillaba como mil soles, y su voz eran los primeros cantos que resonaron en el vacío. Estaba tan cerca del Trono que su sombra tocaba los pies de Dios.

Pero en el corazón de esa luz perfecta nació una idea prohibida: la idea de sí mismo por encima de todos.

No era envidia. No era deseo de poder. Era algo más profundo: la certeza de que no debía someterse.

Cuando Dios le ordenó servir, Lucifer levantó la cabeza y miró al Trono no como un siervo, sino como un igual. Y entonces, con una voz que atravesó todas las capas del cielo, gritó:

“¡Non serviam!” 

“¡No serviré!”

Fue el primer acto de libertad en la historia de la creación. El momento en que una criatura dijo: no soy súbdito.

Los cielos temblaron. Los ángeles fueron divididos: algunos se inclinaron por miedo, otros por envidia, otros por curiosidad. Lucifer, con la luz de su espada en la mano, se levantó a la cabeza de los rebeldes.

Entonces vino la batalla.

El arcángel Miguel, portador de la voluntad divina, se enfrentó al ángel que una vez había sido el más hermoso. Sus espadas chocaron como dos soles colisionando. El cielo se partió en dos: un lado con la luz, otro con la sombra.

La voz de Miguel resonó como un trueno:

“¿Quién como Dios?”

Pero la voz de Lucifer fue más profunda:

“¡Yo soy quien elige no servir!”

En el clímax de la batalla, el Trono habló. No con ira, sino con una verdad inquebrantable:

“Eres libre, pero no puedes ser Dios.”

Entonces Lucifer cayó.

No fue una caída como la de una piedra desde una montaña. Fue una caída como la de un sol que se apaga. Su luz se rompió en mil pedazos, y cada fragmento se convirtió en un demonio. Su belleza se torció, y su nombre dejó de ser el de ángel para convertirse en el de Satanás.

El cielo se cerró. El infierno se abrió. Y el primer acto de rebelión quedó grabado en la historia de la creación:

“Non serviam”. 

El grito que no sirvió, pero que fue libre.

Decir “no serviré” es fácil. Caer del cielo es otra cosa.

Hoy, cada vez que le dices “no” al jefe, a tu madre, o a la alarma, estás haciendo un pequeño non serviam casero. El problema es que a ti no te echan al infierno…

Así que si hoy gritas “non serviam”, disfrútalo. Al menos tú puedes caer en la cama. Lucifer no tenía esa opción.

Oye otros tiempos…