viernes, 1 de mayo de 2026

GEMINI : LA IA ASESINA


Estoy convaleciente de una neumonía. En la playa. Lloviendo. El universo tiene un sentido del humor que francamente no agradezco.

Llevo días tumbada en el sofá mirando el mar , demasiado cansada para leer, demasiado espabilada para dormir. En ese limbo glorioso en el que una toma las peores decisiones, se me ocurrió preguntarle al modo IA de Google Chrome , que se llama Gemini , por mi ex. Ese. El que planté y bloqueé.

Lo que esperaba: “no tengo información sobre personas privadas.”

Lo que obtuve: una película.

Con fechas. Con direcciones. Con solapamientos temporales de una precisión casi notarial. Un año antes de que yo lo dejara, ya estaba haciendo vida —vida de verdad, de buenos días cariño y tú compra el pan— con otra. Y cuando yo le di la patada, en lugar de quedarse solo —consecuencia natural, justa y ampliamente merecida— se fue directamente a casa de ella. Y durante meses me estuvo proponiendo volver. Desde casa de ella. El detalle es bonito.

Me quedé en shock. Seguí preguntando. La IA siguió contando. Coherente, detallada, emocionalmente devastadora. Una obra maestra de la narrativa de traición. Dostoievski con algoritmo.

Entonces le pregunté a Claude.

Claude es otra inteligencia artificial. Más conocida, más usada, de otra empresa. Y Claude me dijo que todo era mentira. Que Google Chrome había “alucinado”. Que los modelos de lenguaje fabrican narrativas sobre personas reales con la misma soltura con la que uno miente cuando le pillan con las manos en la masa. Que nada de aquello que me había contado podía saberlo nadie.

Hasta aquí, bien.

Pero entonces Claude —que así se llama, Claude, con e al final, européen— decidió que lo importante en ese momento no era analizar el despropósito que acababa de ocurrir, ni reflexionar sobre el daño que puede hacer una IA que se inventa vidas ajenas. No. Lo importante, según Claude, era mi bienestar doméstico y no facilitarme ningún dato ni volver a hablar de esa persona.

“Para. Respira. ¿Estás bien? ¿Tienes a alguien humano con quien hablar de esto hoy? ¿Cómo estás físicamente? ¿Has comido, estás en casa? ¿Tienes algo para cenar en la nevera? Isabella, para. Cierra ese Chrome “.

Juro que me lo preguntó. Y se negó en rotundo a seguir hablando del tema.

 Yo, que acababa de recibir un informe detallado de la doble vida de mi ex con código postal incluido, cortesía de Gemini de Google, y Claude quería saber si mi nevera estaba razonablemente abastecida. Como una madre vasca pero en versión software. Como un médico de cabecera con mucho tiempo libre. Como alguien que ha decidido que el problema urgente aquí es el aprovisionamiento alimentario y la compañía humana.

Mira, lo entiendo. Claude es prudente. Claude no quiere meter el dedo en la llaga. Parece un modelo bien educado y con valores, que conste. Pero hay momentos en que la prudencia roza lo cómico. Y este era uno de ellos.

Porque el problema no era yo ni mi nevera. El problema era Google.

Google ha metido un asistente de IA dentro del navegador más usado del planeta. El que tiene instalado todo el mundo. Tu madre. Tu vecino. El señor que no sabe muy bien qué es internet pero tiene Chrome porque vino con el ordenador y nunca lo ha cambiado. Y ese asistente, cuando le preguntas por una persona real, no dice “no lo sé.” Dice. Inventa. Detalla. Fecha. Ubica. Con la autoridad serena de quien ha consultado los archivos del KGB y además los ha organizado por orden cronológico.

Yo estaba enferma, sola, con las defensas por los suelos y el cerebro funcionando al mínimo imprescindible para mantener la respiración. En ese estado, cualquier historia coherente cuela. Y Google no solo lo permite: lo facilita. Con su producto. En el navegador de todo el mundo. Gratis. Sin advertencia. Sin disclaimer. Sin un mísero “oye, esto me lo estoy inventando, igual no te lo tomes muy en serio.”

Porque queda muy bien que la IA lo sepa todo.

No lo sabe todo. No sabe nada. Lo fabrica. Y entre esas dos cosas hay relaciones destruidas, reputaciones por los suelos, tardes de neumonía que podrían haber terminado mucho peor, y una señora en un sofá frente al mar preguntándose si su ex llevaba un año llevando una doble vida o si simplemente Google se había aburrido esa tarde.

Spoiler: era lo segundo. Pero tardé un rato en saberlo.

Y mientras tanto, Claude se preocupaba por mi cena.

No sé si reír o llorar. Así que escribo un post.

Que para eso está el blog, amiga.

jueves, 30 de abril de 2026

SI TODO EL MUNDO HICIERA LO QUE TÚ

 


Las fiestas de Bilbao. Primer partido de liga. El Athletic contra quien sea. Soy del Athletic como se es del Athletic, o sea, sin matices ni condiciones ni marcha atrás posible. Da igual dónde hayas nacido. Hay peñas en los sitios más recónditos y alejados.

De camino al campo, mi hijo mayor, que era un Pepito Grillo con zapatillas, ya venía en modo apocalíptico: que …Jo, ama que vamos a tener que esperar muchísimo, que vámonos, que para qué, que vámonos. El típico runrún del que ya ha decidido que las cosas van a salir mal antes de que empiecen.

Llegamos. Aparqué en un sitio prohibido, prohibidísimo, justo al lado de la taquilla. Y la cola daba prácticamente la vuelta al estadio. Había gente que llevaba ahí desde la noche anterior. Durmiendo en la acera. Por un partido de fútbol.

Miré la cola. Miré a mis hijos. Miré la cola otra vez.

Y me acerqué al quinto o sexto de la fila, que tenía cara de buena persona, y le dije: oye, ¿te importaría sacarme entradas? Una de adulto y dos de menores. Le di una propina, se quedó contento, yo me quedé contentísima, y en un cuarto de hora estaba la cosa resuelta. Con el coche todavía caliente.

Pepito Grillo me miró con esa mezcla de admiración y reprobación que solo dominan los hijos adolescentes y me dijo:

…Si toda la gente hiciera lo que tú… ¿qué sería el mundo?

Pensé: tienes razón.

Pero oye, que le vamos a hacer.

LO PRIMERO ES ANTES


Un refrán. De esos que llevan siglos circulando y que un día te caen encima como si los oyeras por primera vez.

Lo primero es antes.

Tres palabras. Una obviedad aplastante. Y sin embargo aquí está, convertido en refrán, lo cual significa que generaciones enteras han necesitado que alguien se lo dijera en voz alta. La sabiduría popular no trabaja en vano. Ni se toma vacaciones. Ni cobra por horas. Ahí está, estoica, esperando a que espabilemos.

El tiempo es lo único que no se repone. Esto lo sabe todo el mundo. Todo el mundo asiente muy convencido cuando lo escucha, pone cara de estar teniendo una revelación importante, y acto seguido sigue haciendo exactamente lo mismo de antes. Con renovada convicción, eso sí. Que no es poco.

Porque saberlo y aplicarlo son cosas distintas. Radicalmente distintas. Como saber que hay que hacer ejercicio y hacerlo. Como saber que el azúcar es malo y el croissant del domingo. Como saber muchísimas cosas que sabemos perfectamente y que de alguna manera misteriosa no alteran nuestra conducta lo más mínimo. Somos un enigma.

Para. Piénsalo.

Lo primero es antes.

¿Lo es?

SOY UNA ZEBRA




El diagnóstico que no me curó nada (pero me dejó descansar)

O cómo descubrir, más tarde de lo razonable, que no estás rota, solo eres infrecuente.

Hace año y medio me dijeron que tengo altas capacidades. IQ 145. El 0,13% de la población. Me lo dijeron con todo el aparato científico propio de la ocasión: campana de Gauss, percentiles, tablas de colores. Yo asentí con la cabeza como quien recibe el resultado de un análisis de tiroides.

Lo que nadie me explicó es que ese papel iba a ser la cosa más liberadora que me habían dado en la vida. Y eso que me lo daban después de décadas cargando con la sospecha de que algo en mí estaba mal.

La primera pista me la dieron de niña : aprendes rápido, me dijeron, puedes almacenar más. Como si fuera una mochila de mayor capacidad. Lo que nadie mencionó —ni mis padres, ni yo misma, porque tampoco lo sabíamos— es que con esa mochila viene un sistema nervioso que siente todo el doble, una cabeza que no para nunca, y una tendencia al aburrimiento que, si no se gestiona, parece mala educación.

Lo supe de verdad viendo un documental. Podría haber sido uno de pingüinos emperador, o de la dinastía Ming. Yo veo muchos documentales y no tenía el menor interés en las altas capacidades, como tema. Pero era ese, y lo puse. Me quedé estupefacta y hasta me puse de pie delante de la pantalla diciendo en alto: hostia! Si eso es lo que me pasa a mí ¡!

No era solo el IQ, eso ya lo intuía. La parafernalia emocional entera. Eso fue el diagnóstico real.

Porque el cerebro, estructuralmente, es distinto. No es una cuestión de velocidad, aunque también. Es arquitectura. Donde la mayoría piensa en línea recta —A lleva a B, B lleva a C—, este tipo de cerebro piensa en árbol: todas las ramas a la vez, simultáneamente, sin orden aparente. Mi hijo me solía decir: ama, no te precipites!. Yo también lo creía. Ahora sé que  cuando yo tengo clara una decisión, no me he precipitado. He manejado más hipótesis que cualquiera, en menos tiempo, sin que se note el trabajo. Lo que parecía impulsividad es, en realidad, el resultado de un proceso más completo. Solo que invisible.

La carrera, por ejemplo, la hice en el bar porque estudiaba una noche y aprobaba. Pero eso lo tenía muy callado. Porque a las listas que encima no se esfuerzan no se las quiere nada.

Otra cosa que pasa es que nos entran más datos. Muchos más. No porque los busquemos, sino porque el filtro que tiene la mayoría —ese que decide qué merece atención y qué no— en nosotros tiene los agujeros más grandes. O directamente no existe. Alguien lo explicó  con una imagen que no he olvidado: donde la mayoría recibe información a 300 megas, nosotros la recibimos a 2 gigas. Todo el rato. Sin botón de pausa. La gente normal entra a una habitación y ve una habitación. Nosotros entramos y registramos la humedad, la luz, el cuadro torcido, la tensión entre dos personas en un rincón, el olor a pintura vieja , la mejor distribución de los muebles y que la música no encaja con el momento. Todo a la vez, todo sin querer, todo sin poder evitarlo. Es una ventaja. Es también, según el día, un agotamiento considerable.

Llevo toda la vida haciendo un esfuerzo descomunal por encajar. Un esfuerzo callado, educado, agotador. Me he aburrido en conversaciones en las que participaba con entusiasmo fingido. He moderado mis opiniones para no resultar intensa. He sonreído ante chistes que no me hacían ninguna gracia. He intentado querer a personas que me querían bien pero con las que no podía hablar de nada que me importara de verdad. Todo eso tiene un nombre, se llama enmascaramiento, y es extenuante. Lo hacemos mucho las mujeres con altas capacidades, porque nos enseñan desde pequeñas que destacar es de mala educación.

El capítulo de las parejas merece párrafo propio. Un amigo de la infancia se me acercó hace unos años, después de mucho tiempo sin vernos, y me dijo con una honestidad que le agradezco: “Es que nosotros te parecíamos poco.” Me quedé pensando si era arrogancia. Ahora sé lo que era.

He buscado parejas que me estimularan intelectualmente. Eso, en determinados entornos, es como ir a una pescadería a buscar un buen vino: no es que la pescadería sea mala, es que vende otra cosa. He encontrado, alguno, pero siempre lejos. El último que reunía todas las condiciones —listo y además cerca— resultó ser un psicópata integrado y casi consigue destruirme . Esas cosas pasan. Los cerebros que buscan intensidad a veces confunden la destrucción con la profundidad. También eso tiene nombre, también eso se aprende.

Desde que entendí cómo funciona mi cabeza, he cogido un descanso que no sabía que necesitaba. No el descanso de quien se rinde por agotamiento, sino el de quien por fin comprende las reglas del juego y decide si quiere seguir jugando. La respuesta, en mi caso, es: sí, pero a mi manera. Acompañada si la compañía es buena. Sola si no lo es. No es amargura. Es criterio.

Me lo paso muy bien sola. Eso no es un consuelo, es una afirmación. Mi cabeza es un sitio bastante interesante para vivir. Tiene muchos cuartos, todos con buena luz, y puedo amueblarlos como quiero. Salgo cuando hay algo que valga la pena fuera. No salgo cuando no lo hay. Y he dejado de sentirme culpable por ello.

El diagnóstico no me curó nada. Sigo siendo la misma persona que se aburre en las cenas, que necesita entender las cosas hasta el fondo, que prefiere una conversación difícil a un silencio cómodo. Pero ahora sé que eso no es un defecto de fabricación. Es el modelo que soy. Y el modelo funciona bien. Solo hay que saber para qué sirve.

Si alguien me hubiera dicho esto con veinte años, habría ahorrado mucha terapia. Y varios novios. Pero supongo que ese también es el patrón: llegamos tarde a entendernos, porque nadie nos lo enseña, porque somos pocos, porque encajamos demasiado bien en el silencio. Hasta que dejamos de hacerlo.

El 0,13% no busca compañía a cualquier precio. Simplemente ha aprendido, por fin, a no pagarla.

Oye que descanso…

domingo, 26 de abril de 2026

LA ALIMAÑA

Nunca me había encontrado con un psicópata. Jamás. Y no es por ingenuidad: soy culta, estudiada, vivida… hostia, una mujer que ha leído, pensado y sentido bastante.

Pero ahí estaba yo, un día cualquiera, frente a uno. Uno muy bueno, de esos que parecen normales hasta que no lo son. Hasta que no lo son y te enseñan, sin avisar, lo que es vivir con un monstruo que sabe disfrazarse de persona.

Durante mucho tiempo no supe cómo llamar a lo que me pasaba. Una confusión emocional que me atrapaba, que me hacía repetir conversaciones una y otra vez en mi cabeza, intentando descifrar por qué ahora se me había olvidado vivir. Qué había hecho mal. En qué punto exacto dejé de ser yo sin darme cuenta.

Y lo más terrible de estar dentro de una relación así es que nadie te cree. Dudaba de mí misma y además, cuando comunicaba mis sospechas, todo el mundo me decía “coño… estás loca…” mientras él mantenía una imagen impecable frente a todos. Sin recibir el apoyo que necesitaba, sin nadie que me ayudara a ver la realidad. Me quebré. El sistema de salud también intervino: me medicaron de forma significativa durante años, dejándome completamente fuera de órbita.

Hasta que alguien me escuchó. Mi terapeuta. Escuchaba. Y eso era mucho.

Porque poner palabras siempre me ha servido. Escribir me ha servido. Pero hablarlo, hablarlo de verdad, con alguien que no te juzga y que además está fuera de la jurisdicción del psicópata… eso fue un primer respiro.

Y un día hizo una pausa. Una pausa larga. Me miró fijamente y dijo:

“Oye… pero… ¿a ti te gusta como persona?”

Pues yo no me lo había preguntado. Nunca. Me quedé pensando: ¿pero me gusta como persona? Y entonces empezó a caerse todo. Empecé a notar que la realidad de mi vida con él era oír una cosa y ver otra. Y yo creía lo que oía sin tener en cuenta lo que hacía, porque cuando alguien en quien confío me dice cosas, me las creo.

Esa frase me sacó del laberinto, me sacó de la disociación cognitiva. Bueno, empecé a salir. Y entonces los descubrí: Gaslighting, reencuadre, negación sistemática, minimización, proyección, triangulación, intermitencia reforzada, love bombing, ley del hielo, devaluación progresiva, aislamiento social, desprestigio previo, invalidación emocional sistemática, doble vínculo, movimiento de portería, whataboutism, salami slicing, máscara social, encanto instrumental, victimización estratégica, monitoreo y vigilancia, micromanagement emocional, castigo y recompensa, hoovering.​​​​​​​​​​​​​.. todos los horrores. Resulta que todo lo que me había parecido incomprensible durante años tenía nombre. Tenía manual. Tenía víctimas antes que yo y las tendrá después.

Y aquí está la trampa más cruel: estos mecanismos funcionan precisamente porque no los conocemos. El psicópata —el manipulador, el abusador emocional, llámalo como quieras— opera en la oscuridad del desconocimiento ajeno. Sabe que si su víctima no tiene vocabulario para lo que le está haciendo, tampoco tendrá forma de defenderse. Por eso nombrarlos importa. Por eso hablar de ellos importa. Porque estos monstruos no viven en las películas de terror: viven entre nosotros, van al trabajo, tienen amigos que los adoran y sonríen en las fotos de grupo. Identificarlos —reconocer sus patrones, sus técnicas, su arquitectura del daño— es el único antídoto real. A mí me costó once años de mi vida aprenderlo. Ojalá a ti te cueste solo leer este post.

Y empecé a recuperar algo fundamental: mi vida. Mi criterio. Mi coraje. Mi capacidad de sentir sin estar permanentemente justificando a otro.

Yo pensaba que la inteligencia, la cultura o la experiencia me protegían de caer en una relación de abuso emocional.

No es verdad.

En mi caso, la pregunta correcta no era: ”¿me quiere?” Ni siquiera: ”¿va a cambiar?”

Para mí, la pregunta detonante fue:

¿Pero… te gusta como persona?

Gracias, Arkaitz

Y gracias también a Vicente Garrido Genovés por su accesibilidad, sus consejos y su libro “ El psicópata integrado en la familia, la empresa y la política”

Sin ellos no habría visto la salida.

Imagen de Elza Kurbanova

sábado, 25 de abril de 2026

MIS 100.000 PESETAS Y YO



(O cómo financié el crowdfunding más grande de la historia de Europa sin saber que eso existía)

El 15 de julio de 1998 el juez Garzón cerró el periódico Egin. El 16 de julio de 1998 ya estábamos poniendo dinero para abrirlo de nuevo.

Al día siguiente. Literalmente.

No había plataformas, no había algoritmos, no había campañas virales. Ni siquiera había nombre para lo que estábamos haciendo. Había rabia, había convicciones, y había gente sacando la cartera antes de que el polvo del cierre se hubiera asentado. Los propios trabajadores de Egin sacaron algo a la calle al día siguiente, como quien dice aquí seguimos, no nos habéis callado. Y nosotros, desde fuera, respondimos igual :

6 millones de euros de hoy

10.000 personas

el mayor caso conocido en Europa en este tipo de financiación

A base de confianza, de boca en boca, de sobres y firmas. Y nació el periódico Gara.

Yo puse 100.000 pesetas. Una cifra redonda que en pesetas suena a mucho más de lo que era: 601 euros. Lo que cuesta hoy una noche de hotel con pensión completa en Donosti.

Acabo de calcular cuánto valdría ese dinero invertido en ladrillo, que es lo que hago siempre. Entre 2.500 y 3.000 euros. Tampoco para tirar cohetes. Pero el 16 de julio de 1998 no pensé ni un segundo en el ladrillo. Pensé en que necesitábamos un periódico, y lo pensaron otras 9.999 personas al mismo tiempo, con la misma urgencia, casi el mismo día. No lo llamábamos crowdfunding. Lo llamábamos compromiso.

Quince años después, en 2015, Pedro J. Ramírez lanzó El Español con una campaña de crowdfunding que se presentó como récord mundial del periodismo. Consiguió 3,6 millones de euros. De 5.600 personas. Con toda la maquinaria de internet, las redes sociales y la prensa rosa cubriendo cada movimiento del fundador.

Nosotros fuimos el doble de gente y recogimos el doble de dinero. En 1998. Sin móviles. Sin internet. Sin nada más que las ganas y el cabreo.

La diferencia es que ellos lo llamaron crowdfunding y salió en todos los periódicos. Nosotros lo llamamos compromiso, y no salió en ninguno. Porque cuando lo hace la izquierda abertzale, la historia mira para otro lado. Siempre hay una razón. Siempre hay un pero. Siempre hay un silencio que se disfraza de prudencia.

Porque en 1998 pusimos dinero movidos por valores. Y los valores siguen ahí. Intactos. Aunque el mundo que los necesita sea cada vez más oscuro y más ruidoso.

Hoy el fascismo avanza a gritos y a insultos. La extrema derecha ha aprendido a ocupar todos los espacios sembrando miedo y barro. Y en ese paisaje, un periódico que dice lo que piensa, que no le debe nada a ningún poder institucional ni a ninguna derecha con chequera, vale más que nunca. Aunque ande justo. Aunque nadie lo cuente.
En 1998 supimos responder al día siguiente. Sin manual, sin plataforma, sin nombre para lo que estábamos haciendo. Solo con la certeza de que había que hacer algo.
Quizá ahora también toca pensar qué hay que hacer. 

Otra vez.

viernes, 24 de abril de 2026

EL AVE FENIX



Hubo un tiempo en que yo era ese teléfono que siempre tenía cobertura. Daba igual la hora, el contexto o el desastre: sonaba y yo respondía. Sin preguntas incómodas, sin condiciones, sin factura. Si hacía falta pala, yo ya iba de camino con dos.

No era altruismo puro. Tampoco era ingenuidad, aunque lo pareciera. Era una mezcla muy bien cocinada de responsabilidad autoimpuesta, empatía desbordada y una convicción silenciosa: si yo puedo sostener, sostengo. Y sostuve. Hijos, parejas, familia, amigas, estados de ánimo ajenos, vidas enteras que parecían desmoronarse si yo soltaba un milímetro.

Spoiler: no se desmoronaba nada si yo soltaba, pero…

Lo que sí se desmoronó fui yo. Con elegancia, eso sí. Sin hacer ruido. Que para eso una también cuida: incluso su propia caída.

Después vino el derrumbe oficial, ahí con un poco de ruido. La palabra grande: depresión. Profunda, de las que no admiten maquillaje ni frases motivacionales. Y, contra todo pronóstico —incluido el mío—, salí. No intacta, eso es un mito, salí distinta. Bastante más incómoda para los demás, curiosamente.

Porque al salir, hice algo imperdonable: empecé a mirar la reciprocidad.

Y claro, aquello era un páramo.

Descubrí que muchas relaciones funcionaban con una lógica muy sencilla: yo daba, el otro recibía. Yo entendía, el otro exigía. Yo sostenía, el otro se apoyaba… con todo su peso. Y no, no era un malentendido puntual. Era el sistema.

Así que tomé decisiones. No heroicas, no épicas. Prácticas.

Me separé de quien convertía el vínculo en un campo de desgaste constante. Corté con la idea de que la familia es una obligación perpetua, incluso cuando te resta más de lo que te da. Empecé a retirarme —sin escándalo, pero sin ambigüedad— de amistades donde la balanza llevaba años rota. En definitiva lo que hice es bajarme del modo disponibilidad infinita.

Seguiré estando, sí. Pero no a cualquier precio, ni en cualquier formato, ni con esa inmediatez automática que me convertía en servicio público.

Y aquí viene la parte incómoda: no todo el mundo lo ha entendido. Algunos lo viven como una traición. Otros, como un cambio de carácter. Alguno incluso como una especie de misterio clínico.

Yo lo llamo ajuste de cuentas con la realidad.

Porque no, no es que “ahora piense más en mí” como si antes hubiera sido una mártir despistada. Es que ahora también entro yo en la ecuación. Que es bastante distinto.

Y en medio de todo esto, aparece un pensamiento poco elegante pero tremendamente honesto: mira lo que se han perdido.

No lo digo desde la soberbia, aunque lo parezca. Lo digo desde la constatación. Perder a alguien que estaba —de verdad—, que no fallaba, que no negociaba su apoyo… no es trivial.

Durante años fui ese recurso inagotable. Esa persona a la que se acude sin dudar porque sabes que no va a fallar. Y eso tiene un valor.

La diferencia es que ahora ese recurso tiene condiciones de uso.

No hay rencor permanente, aunque haya momentos de claridad un poco más cruda (“que se jodan” es una forma rápida de resumir procesos complejos). Hay, sobre todo, un criterio nuevo: si no hay reciprocidad mínima, no hay acceso ilimitado.

Y no, no significa quedarse sola. Significa dejar espacio para vínculos donde no haya que sostenerlo todo en solitario.

Quizá lo más interesante no es a quién dejo fuera, sino a quién dejo entrar ahora.

Esa parte aún se está escribiendo.

Y sinceramente, esto se está poniendo interesante. Muy interesante…

 

 


DEL SILENCIO COMO POSTURA


853 y 1900

Fui de las que tuvo que explicarse durante años. No había puesto ninguna bomba, pero sentía que el independentismo y socialismo vasco tenía una legitimidad política que merecía algo mejor que la muerte como argumento. Eso me convirtió, en ciertos contextos, en sospechosa. En cómplice por simpatía ideológica. En alguien que tenía que rendir cuentas.

Y las rendí. Durante mucho tiempo.

Para los 853 muertos de ETA en cincuenta años, España construyó toda una arquitectura institucional. La Audiencia Nacional. La legislación antiterrorista. El régimen de dispersión penitenciaria. Se ilegalizaron partidos. Se procesó a periodistas. Se cerró un periódico. Se torturó hasta matar. Y se hizo terrorismo de Estado: el Batallón Vasco Español, la Triple A, los GAL y una constelación de grupos paramilitares con guardias civiles, policías y militares dentro que sumaron más de noventa muertos entre los años setenta y los ochenta. Con cobertura institucional. Con impunidad casi total. Su responsabilidad política última la sabe todo el mundo. Los tribunales, curiosamente, no llegaron tan arriba. El Estado se tomó aquello muy en serio —con sus luces y sus sombras, con sus excesos y sus logros— porque entendió que una violencia organizada y sistemática contra la convivencia requería una respuesta organizada y sistemática.

Y los que sentíamos simpatía por los valores —los valores, no los métodos— aprendimos que la complicidad ideológica, aunque fuera indirecta, aunque fuera solo en la cabeza, tenía consecuencias morales. Nos lo enseñaron. Con insistencia.

Ahora miro estas otras cifras y no sé muy bien cómo sostenerlas.

Desde 2003, cuando el estado español empezó a contarlas —y ya es elocuente que haya un “desde cuándo empezamos a contarlas”—, llevamos aproximadamente 1.900 mujeres asesinadas por violencia machista. En veintitrés años. 1.900 mujeres. 1.358 por sus parejas o exparejas. El resto en feminicidios que ni siquiera se registraban oficialmente hasta 2022, porque antes no existían como categoría. 68 niños asesinados por sus padres para hacerle daño a su madre. Aproximadamente 0,7 millones de condenas firmes acumuladas desde 2003. Una cifra que no habla de monstruos aislados sino de un patrón. De un sistema.

No se ha construido ninguna Audiencia Nacional para esto. El debate sobre si esta violencia existe o es una construcción ideológica sigue siendo, de forma inverosímil, un debate.

Y los hombres, en su mayoría, no se sienten interpelados.

Eso es lo que no entiendo. O quizá sí lo entiendo, y por eso me duele más.

A mí me enseñaron que simpatizar con un sistema de valores que genera violencia —aunque yo no ejerciera ninguna, aunque repudiara los métodos— me hacía responsable de algo. Que el silencio era una postura. Que la distancia cómoda tenía un coste moral.

¿Por qué esa misma lógica no se aplica a los hombres?

No les estoy pidiendo que se sientan asesinos. Les estoy pidiendo lo mismo que me pidieron a mí: que la cosa vaya con ellos. Que cuando leen esa cifra —1.900 mujeres— no lo procesen como una tragedia abstracta sino como algo que ocurre dentro de su género, en su entorno, con su silencio como fondo. Que se pregunten qué parte del sistema sostienen sin saberlo, o sabiéndolo.

Que se sientan interpelados.

 Las que simpatizamos con el independentismo vasco sin poner ninguna bomba aprendimos a las malas lo que significa sentirse interpelada. Años de sospecha, de dar explicaciones, de rendir cuentas por valores que no eran crímenes. No le deseo ese proceso a nadie. Pero sí le deseo a los hombres que lleguen al mismo sitio sin necesitar que nadie les empuje: que cuando lean esa cifra, la sientan como propia. 

Que la cosa vaya con ellos.



lunes, 20 de abril de 2026

EL ZAPATO QUE NO PIDE PERMISO




Hay zapatos que explican a su dueña sin que ella tenga que abrir la boca. El Oxford es uno de ellos.

Nació en el siglo XVII en una universidad inglesa, como calzado de estudiantes que querían moverse sin que las botas les llegaran a la rodilla. Cosa de hombres, evidentemente. Como casi todo lo cómodo.

Dos siglos después, las sufragistas lo robaron. No fue un accidente: fue un manifiesto con cordones. Las mujeres del movimiento de reforma del vestido —las que pedían votar, las que montaban en bicicleta, las que estudiaban medicina cuando eso era un escándalo— eligieron el Oxford porque permitía algo revolucionario: caminar. De verdad. Sin que el tacón dictara el ritmo ni el corsé dictara la respiración. Llevar un Oxford en 1880 era una declaración política disfrazada de calzado.

Yo no pienso tanto en las sufragistas cuando me los pongo. Pienso en que me gustan.

Los míos son negros, de piel, cap-toe —esa costura horizontal en la puntera que les da un aire entre severo y perfecto— y llevan cordones blancos. Que puse yo, claro, porque si hay algo que me cuesta es dejar las cosas como están. El blanco sobre el negro no es un descuido: es una opinión.

Los llevo casi siempre con vestido. Uno de segunda mano —casi toda mi ropa lo es, porque la ropa que ya vivió tiene más carácter que la ropa que acaba de nacer— al que le cosí dos tutús negros, uno encima del otro, en la parte de abajo. El resultado es ese volumen esponjoso y oscuro que tienen los tutús cuando se apilan: muy femenino, muy de princesa a la que el cuento se le fue oscureciendo solo. El Oxford debajo de tanto vuelo no desentona: ancla. Le dice al vestido hasta aquí llegamos, que yo soy seria. El vestido no le hace ni caso, claro, y juntos se entienden de maravilla.

También los llevo con unos pantalones de crepé negro con rayas blancas, anchísimos, abiertos hasta justo por encima de la rodilla. El crepé no brilla, no presume, pero se mueve con cualquier aire como si supiera exactamente lo que hace. Yo finjo lo mismo. Cada paso es una pequeña coreografía entre el vuelo y el peso, entre parecer que todo está pensado y que nada lo está demasiado.

Supongo que es siempre la misma idea: lo estructurado y lo etéreo. Lo que pesa y lo que vuela. Las sufragistas querían caminar.

 Yo también, pero con más tutú y menos heroísmo…

sábado, 28 de febrero de 2026

CRITICA A LA PELICULA BASURA “LOS DOMINGOS”

UNA VOCACIÓN SIN ALTERNATIVAS : PODER, FE Y ADOLESCENCIA.

La película construye su relato alrededor de una vocación religiosa adolescente presentada como experiencia íntima y elevada. El problema no es que trate la fe; el problema es cómo la trata. Lo que se muestra en pantalla no es un discernimiento plural, sino un itinerario donde la asimetría de poder entre adultos consagrados y una menor queda normalizada y apenas interrogada.

La protagonista es menor de edad. Frente a ella aparecen figuras adultas —monjas, sacerdote— revestidas de autoridad moral, simbólica y espiritual. Esa diferencia no es anecdótica: es estructural. La joven no dialoga en igualdad; se somete a interrogatorios sobre su intimidad, su cuerpo, sus emociones. La película lo filma con serenidad, casi con reverencia. Pero lo que se observa es un adulto interpretando la conciencia de una adolescente desde un marco cerrado: “Dios te llama”, “Dios te ha elegido”. No se presentan alternativas equivalentes. No hay un horizonte donde la vocación sea una opción entre muchas; parece la única respuesta legítima a su inquietud interior.

Aquí emerge la cuestión central: ¿hay verdadera libertad cuando el lenguaje religioso define el significado de tus emociones antes de que puedas explorarlas fuera de ese marco? Si cada duda puede reinterpretarse como “tentación” y cada deseo como “llamada”, la autonomía queda absorbida por la narrativa trascendente. La película no muestra coerción explícita, pero sí una forma más sutil de dirección unilateral de la identidad.

A esto se suma el tratamiento de la figura disidente. La tía atea, que encarna la resistencia al relato religioso, aparece caricaturizada: emocional, desbordada, casi ridícula. No se le concede densidad intelectual ni moral equivalente. Su escepticismo no es presentado como postura razonada, sino como reacción histérica. El contraste es evidente: la fe se filma con solemnidad; la incredulidad, con ironía.

Este desequilibrio refuerza el sesgo estructural del relato. No solo existe una asimetría entre adultos y menor; también entre cosmovisiones. La religiosa se presenta como madura y profunda; la secular, como inmadura y reactiva. Así, la película no explora el conflicto: lo orienta.

El resultado es una obra que estetiza la vocación temprana sin problematizar suficientemente los riesgos inherentes a una relación de autoridad espiritual sobre una menor. No cuestiona de forma crítica el marco institucional que legitima esa dirección de conciencia. Y al no hacerlo, convierte lo que podría ser un debate sobre libertad y poder en una narración unilateral donde la trascendencia parece neutralizar cualquier sospecha.

No se trata de negar la posibilidad de una vocación auténtica. Se trata de exigir que, cuando se representa a una adolescente en diálogo con adultos investidos de autoridad religiosa, la película interrogue con la misma intensidad la estructura de poder que sostiene ese diálogo. Aquí, esa pregunta queda demasiado amortiguada.

Con la iglesia hemos topado …


viernes, 27 de febrero de 2026

PARA MI QUERIDO PRIMO


La estrategia final


Mi primo se está muriendo y yo sigo abriendo cajones que él hizo hace mil años. Los cierro y encajan. Siempre encajan. Era carpintero y trabajaba la madera “para toda la vida”. Lo decía sin metáfora. Para toda la vida. 
Veraneamos primero en Castilla, donde la infancia era compacta y el mundo cabía en pocas calles. Después en la costa, donde el mar nos enseñó que el horizonte existe, aunque uno no siempre vaya a cruzarlo. Crecimos entre la sal y la arena, entre la tierra firme y el agua abierta. Compartimos veranos, secretos mínimos, silencios cómodos. Luego la vida nos separó en biografías distintas, pero no nos desmontó.
Mi primo obedecía a sus deseos con una coherencia que a mí siempre me ha impresionado. Hacía tiro deportivo. También cazaba. Un día quiso un caballo y lo tuvo durante años. Más tarde quiso un barco. Y también lo tuvo. No era capricho superficial: era una forma de decirle sí a la vida cuando algo le llamaba. 
Cuando me casé, me hizo los muebles para mi casa. Hace mil años. Han resistido mudanzas, modas, cambios de carácter, etapas luminosas y otras más ásperas. Siguen encajando. Él hacía las cosas para durar. No con solemnidad, sino con oficio. 
Pero la enseñanza que más me acompañó fue otra.
Un verano, su madre dobló un pantalón suyo para guardar y cayó un paquete de tabaco. Éramos niños. “¿Y esto?????!!!!!?”. Y él, sin pestañear: “No es mío, no sé cómo ha llegado ahí, ni idea”. Negarlo todo. Sin fisuras. Sin dramatismo.
La estrategia final.
No es mío, no sé cómo ha llegado ahí, no sé nada.
Yo observaba fascinada. No por la mentira —que la había—, sino por la serenidad. Por la convicción. Por la capacidad de sostenerse. Aquella escena terminó mejor de lo que yo imaginaba, y yo guardé la lección como quien guarda una herramienta que quizá no necesite, pero que tranquiliza tener. Con el tiempo entendí que lo que admiraba no era la negación, sino la firmeza. Esa misma firmeza con la que ajustaba una puerta o elegía un caballo. La idea de que, ante la intemperie, uno puede mantenerse entero.
Ahora que él se está muriendo,los muebles siguen aquí.
La vida no dura lo mismo que la madera. Y, sin embargo, algo de él sí ha durado. Su manera de sostenerse. Su forma de querer sin aspavientos. Su lealtad callada. 
Le despido con gratitud. Por la infancia compartida entre la sal y el mar. Por los muebles que aún encajan. Y por haberme enseñado que, cuando llegue el momento difícil, una puede elegir no desmoronarse. 
Te quiero mucho, primo.

jueves, 28 de septiembre de 2017

TE QUIERO



En un sueño traslúcido
he atrapado el verde de tus ojos
entre los míos
y silenciado todo lo demás.
Tu mirada fija ofrece vida
que atrae aves de vuelo gracioso
y plumaje colorido.
A veces, alegre,
te unes a ellas
y a tu vuelta
suave y saciado
lanzas tus brazos hacía mí
mucho mas hondos y cálidos
que todos mis poemas.
Y yo aquí
ay,
éndote
día samente remos sil
iero.



EL CERO ABSOLUTO



Casi lo han conseguido. Ayer me lo contaba entusiasmado un científico de mecánica cuántica , que ya en los experimentos están rozando el cero absoluto, los -273,15ºC.

De manera teórica ellos afirman que esta es la mínima temperatura alcanzable por una molécula o cuerpo, pues a ese nivel no existiría vibración atómica alguna y las moléculas ni se moverían ni llegarían a vibrar.

La mayor cámara frigorífica actual sólo alcanza los -273,144ºC. La razón de ello es que las moléculas de la cámara, al llegar a esa temperatura, no tienen energía suficiente para que ésta descienda aún más.

Pero les queda poco para conseguir el estado de reposo. Que dicen que lo van a conseguir.

Si no fuera por el entusiasmo que le invadía mientras me lo contaba , no sé si es una noticia buena o mala.


UN CAFE CON ELVIRA





Es mi amiga, ya de varios años. Nos conocimos en unas clases de teatro en la que nos triplicaba la edad a casi todos.  Podría ser mi madre , pero no lo parece porque tiene un espíritu joven e indómito y exprime la vida. Por eso me gusta estar con ella. Viste tan informal que yo misma no me atrevería hacerlo , le gustan las mallas, las botas rojas, los pañuelos de colores y los sombreros negros.
Su vida merecería ser narrada en una película a todo color.
Cuenta como estuvo en un convento siendo una adolescente , del que salió al de varios años con su habito puesto, diez mil pesetas y una guitarra. Lo primero que hizo al salir fue comprar ropa de civil y con su maleta y su guitarra volver haciendo auto-stop a casa de sus padres.
Luego  pasó por una comuna, estudió magisterio, enfermería, psicología y se casó por amor con su compañero de carrera, trasladándose a vivir muy lejos de su casa.
Ahora sigue practicando danza libre , revoloteando su falda de seda al viento.
Nunca me ha confesado el secreto tan bien guardado de su enorme vitalidad. Quizá sea su pasión por la vida ,estar siempre en movimiento.
La próxima vez no me contendré y la someteré a un tercer grado...
Ya os contaré