El diagnóstico que no me curó nada (pero me dejó descansar)
O cómo descubrir, más tarde de lo razonable, que no estás rota, solo eres infrecuente.
Hace año y medio me dijeron que tengo altas capacidades. IQ 145. El 0,13% de la población. Me lo dijeron con todo el aparato científico propio de la ocasión: campana de Gauss, percentiles, tablas de colores. Yo asentí con la cabeza como quien recibe el resultado de un análisis de tiroides.
Lo que nadie me explicó es que ese papel iba a ser la cosa más liberadora que me habían dado en la vida. Y eso que me lo daban después de décadas cargando con la sospecha de que algo en mí estaba mal.
La primera pista me la dieron de niña : aprendes rápido, me dijeron, puedes almacenar más. Como si fuera una mochila de mayor capacidad. Lo que nadie mencionó —ni mis padres, ni yo misma, porque tampoco lo sabíamos— es que con esa mochila viene un sistema nervioso que siente todo el doble, una cabeza que no para nunca, y una tendencia al aburrimiento que, si no se gestiona, parece mala educación.
Lo supe de verdad viendo un documental. Podría haber sido uno de pingüinos, o de la dinastía Ming. Yo veo muchos documentales y no tenía el menor interés en las altas capacidades, como tema. Pero era ese, y lo puse. Me quedé estupefacta delante de la pantalla pensando: hostia! Si eso es lo que me pasa a mí ¡!
No era solo el IQ, eso ya lo intuía. La parafernalia emocional entera. Eso fue el diagnóstico real.
Porque el cerebro, estructuralmente, es distinto. No es una cuestión de velocidad, aunque también. Es arquitectura. Donde la mayoría piensa en línea recta —A lleva a B, B lleva a C—, este tipo de cerebro piensa en árbol: todas las ramas a la vez, simultáneamente, sin orden aparente. Mi hijo me solía decir: ama, no te precipites!. Yo también lo creía. Ahora sé que cuando yo ya tengo clara una decisión, no me he precipitado. He manejado más hipótesis que cualquiera, en menos tiempo, sin que se note el trabajo. Lo que parecía impulsividad es, en realidad, el resultado de un proceso más completo. Solo que invisible.
La carrera, por ejemplo, la hice en el bar porque estudiaba una noche y aprobaba. Pero eso lo tenía muy callado. Porque a las listas que encima no se esfuerzan no se las quiere nada.
Otra cosa que pasa es que nos entran más datos. Muchos más. No porque los busquemos, sino porque el filtro que tiene la mayoría —ese que decide qué merece atención y qué no— en nosotros tiene los agujeros más grandes. O directamente no existe. Alguien lo explicó con una imagen que no he olvidado: donde la mayoría recibe información a 300 megas, nosotros la recibimos a 2 gigas. Todo el rato. Sin botón de pausa. La gente normal entra a una habitación y ve una habitación. Nosotros entramos y registramos la humedad, la luz, el cuadro torcido, la tensión entre dos personas en un rincón, el olor a pintura vieja y que la música no encaja con el momento. Todo a la vez, todo sin querer, todo sin poder evitarlo. Es una ventaja. Es también, según el día, un agotamiento considerable.
Llevo toda la vida haciendo un esfuerzo descomunal por encajar. Un esfuerzo callado, educado, agotador. Me he aburrido en conversaciones en las que participaba con entusiasmo fingido. He moderado mis opiniones para no resultar intensa. He sonreído ante chistes que no me hacían ninguna gracia. He intentado querer a personas que me querían bien pero con las que no podía hablar de nada que me importara de verdad. Todo eso tiene un nombre, se llama enmascaramiento, y es extenuante. Lo hacemos mucho las mujeres con altas capacidades, porque nos enseñan desde pequeñas que destacar es de mala educación.
El capítulo de las parejas merece párrafo propio. Un amigo de la infancia se me acercó hace unos años, después de mucho tiempo sin vernos, y me dijo con una honestidad que le agradezco: “Es que nosotros te parecíamos poco.” Me quedé pensando si era arrogancia. Ahora sé lo que era.
He buscado parejas que me estimularan intelectualmente. Eso, en determinados entornos, es como ir a una pescadería a buscar un buen vino: no es que la pescadería sea mala, es que vende otra cosa. He encontrado, alguno, pero siempre lejos. El último que reunía todas las condiciones —listo y además cerca— resultó ser un psicópata integrado y casi consigue destruirme . Esas cosas pasan. Los cerebros que buscan intensidad a veces confunden la destrucción con la profundidad. También eso tiene nombre, también eso se aprende.
Desde que entendí cómo funciona mi cabeza, he cogido un descanso que no sabía que necesitaba. No el descanso de quien se rinde por agotamiento, sino el de quien por fin comprende las reglas del juego y decide si quiere seguir jugando. La respuesta, en mi caso, es: sí, pero a mi manera. Acompañada si la compañía es buena. Sola si no lo es. No es amargura. Es criterio.
Me lo paso muy bien sola. Eso no es un consuelo, es una afirmación. Mi cabeza es un sitio bastante interesante para vivir. Tiene muchos cuartos, todos con buena luz, y puedo amueblarlos como quiero. Salgo cuando hay algo que valga la pena fuera. No salgo cuando no lo hay. Y he dejado de sentirme culpable por ello.
El diagnóstico no me curó nada. Sigo siendo la misma persona que se aburre en las cenas, que necesita entender las cosas hasta el fondo, que prefiere una conversación difícil a un silencio cómodo. Pero ahora sé que eso no es un defecto de fabricación. Es el modelo que soy. Y el modelo funciona bien. Solo hay que saber para qué sirve.
Si alguien me hubiera dicho esto con veinte años, habría ahorrado mucha terapia. Y varios novios. Pero supongo que ese también es el patrón: llegamos tarde a entendernos, porque nadie nos lo enseña, porque somos pocos, porque encajamos demasiado bien en el silencio. Hasta que dejamos de hacerlo.
El 0,13% no busca compañía a cualquier precio. Simplemente ha aprendido, por fin, a no pagarla.








