domingo, 3 de mayo de 2026

JOSE MARI


Esta historia empieza con un hombre bueno. Mi mejor amigo del alma, Jose Mari, trabajador en la misma empresa donde yo trabajaba. Una de esas personas que aparecen en tu vida y la sostienen sin que apenas te des cuenta. Recto, justo, sin fisuras. De los que miran por ti lo que no está escrito.

La dirección de aquella empresa era una vergüenza. No lo digo yo sola: la empresa quebró. El buque insignia de una gran corporación, con todo el respaldo institucional imaginable, hundido por una gestión nefasta. Pero antes de hundirse, hicieron algo que no tiene nombre: le hicieron acoso laboral a mi amigo. Y la dirección, que lo sabía y mi amigo que exigió su intervención, no movió un dedo.

Un día entró en mi despacho destrozado. No podía más. Era su último día y los compañeros le habían organizado una comida de despedida. Aparecieron unas pintadas en las paredes del exterior de su despacho absolutamente insultantes. Y él no pudo asistir a la comida, vino a mi despacho y me dijo:

- Estoy  hundido Carrani, no puedo irme así de la empresa, con el rabo entre las piernas,  después de haber dejado toda mi vida aquí, comprometido.

Un auténtico Titán derribado. Y le dije:

- Es que no te vas a ir así, Jose Mari. De momento vas a coger la baja, te vas a ir a casa, descansas y pensamos cómo salir de ésta.

Y yo le di la baja, sí, pero por accidente de trabajo. No por enfermedad. Él no me lo pidió. Lo decidí yo. Porque lo que le estaban haciendo era exactamente eso: un accidente que le estaban provocando a propósito.

Lo que vino después fue histórico. Puso el asunto en manos de la justicia y tras prueba pericial caligráfica encontraron al autor de las pintadas. Recibió sentencia condenatoria y después demandó a la empresa. Y ganó. Fue el primer juicio que se ganó en mi comunidad autónoma condenando a una empresa por no intervenir en un caso de acoso laboral a un trabajador. Le dieron una indemnización económica, aunque él lo que quería de verdad era una carta de la dirección reconociendo su incompetencia ante todos los trabajadores. Eso, claro, era imposible. Algunas victorias tienen ese sabor agridulce. Pero mí amigo recuperó su dignidad.

Y yo me quedé en una posición muy incómoda. Había firmado aquella baja, sí, pero no solo eso: la había sostenido, la había defendido, y me había enfrentado a todo lo que se me puso por delante. Podría haber seguido en la empresa porque era socia y eso es sagrado. Pero mi conciencia no estaba cómoda. No estaba cómoda. Y punto.

Así que me fui. Y antes de irme, pedí una subida de sueldo de 20.000 euros anuales. De golpe. Para hacerse una idea de lo que eso significaba entonces: hoy equivaldría a pedir unos 45.000 euros de aumento. Así, de primeras. En una sola conversación.

Era imposible. Lo sabía. Pero tenía otra oferta mucho mejor esperándome y pensé: si me quedo aquí, que sea por dinero. Por mucho dinero. Así que lo pedí. Con toda la cara. Sin temblarme la voz. Con la tranquilidad de quien no tiene nada que perder porque ya tiene adónde ir.

Me dijeron que no, naturalmente. Y me fui feliz al otro trabajo.

Años después tuve un bache emocional terrible. De los que te hacen pensar que te has arruinado, emocionalmente y económicamente, que todo se ha derrumbado . Y ahí estaba Jose Mari, mi querido amigo del alma

-Jose Mari me he arruinado.

 Y él me preguntó:

- Carrani, cuánto necesitas,…de cuánto hablamos? 50,100,200…? Dime.

Le dije que con 50 tenía. Al día siguiente los tenía en la cuenta. Sin drama, sin condiciones, sin apenas papeles. Si hubiese dicho 200 hubiese pasado lo mismo.

Tiempo después me llamó una noche.

 - Carrani , te llamo para decirte que estoy en el hospital. Probablemente tengo un tumor cerebral, me están haciendo pruebas. Ya te contaré. Pero te llamo para que sepas que no me tienes que devolver el dinero. Por si luego , con ésto , se me olvida decírtelo.

No tuve que devolvérselo.

A eso lo llamo yo el karma. Todo lo que vino después me salió bien. En 2015 me devolvieron todas las cotizaciones que había acumulado en aquella empresa que dejé. Para mí, un dineral.

Los dejé trabajar a una muy buena rentabilidad, y fui disponiendo de ellos con calma, cuando tocaba.

Ladrillo, fui comprando ladrillo como inversión por si vienen mal dadas y como disfrute en un sitio que siempre había soñado. Y el resto, quieto, bien invertido , produciendo sin hacer ruido.

Hoy ese patrimonio inicial casi se ha triplicado . Sin haber hecho nada especialmente brillante. Sin riesgos descabellados. Solo con paciencia, con sentido común, y con haber tomado una decisión correcta : Apoyar a mi amigo sin fisuras e irme cuando me dijeron que no. Irme porque mi conciencia no me dejaba quedarme.

Porque si me hubieran dicho que sí, quién sabe si me habría quedado. Estaba muy enfrentada con la dirección, que eran unos absolutos inútiles, así que seguramente me hubiese ido igual. Pero al menos lo había intentado con estilo.

A veces el “no” es la respuesta correcta. Solo que no lo confirmas hasta años después, cuando haces las cuentas y te quedas un momento en silencio mirando los números. Y entonces piensas que quizás no son los números lo que más importa. Sino haber sido buena persona. Y haber tenido cerca a alguien que también lo era.

Gracias por todo Jose Mari, querido Amigo del alma


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