Hay bares en Madrid donde entras y respiras. Un bar de rojos de puta madre, que en el Madrid de ahora mismo es casi un acto de supervivencia. Me senté en la barra con la tranquilidad de quien llega a casa.
—Una caña.
—Solo servimos dobles —dijo, con una sonrisa que no dejaba espacio para el debate.
—Vale, lo que sea.
Y me puso una caña. Una caña normalita. De las de toda la vida. De las que en mi país te ponen cuando pides una caña porque una caña es una caña, no un concepto sujeto a interpretación geográfica.
—…ah, cómo llamáis a esto…?
—Ah, claro —dijo, todavía sonriendo, con una paciencia pedagógica que no le había pedido—. Doble, es que claro en el País Vasco, para vosotros, eso sería una caña.
Me quedé un instante procesando la frase. “Para vosotros.” Ya. O sea que él lo sabía. Llevaba sabiendo desde el principio que yo era del País Vasco.
—¿Oye …y cómo sabes que soy del País Vasco?
No lo dijo. No hizo falta. Me miró con esa sonrisa de quien acaba de ganar una partida sin haberla jugado del todo. El acento. Claro que fue el acento. Tres frases, diez palabras como mucho. Una caña. Vale, lo que sea. ¿Cómo llamáis a esto? Y ya estaba. Delatada. Clasificada. Archivada bajo “vasca / probable izquierdista / pedirá la cuenta con educación excesiva.”
Y lo peor no es que me identificara. Lo peor es que tenía razón en todo.
Me bebí el doble que era una caña pensando que el acento es eso: la grieta por donde se cuela todo lo que soy antes de que decida contarlo. No lo elijo, no lo controlo, y sin embargo lo dice todo. El camarero de un bar de Madrid supo en tres sílabas de dónde venía yo, qué vaso esperaba, y probablemente a quién voté.
La identidad, qué cosa tan poco discreta.
Aynsss Carrani…
No hay comentarios:
Publicar un comentario