viernes, 29 de mayo de 2026

EL GRITO QUE SACUDIÓ LOS CIELOS



En los días sin tiempo, cuando la eternidad aún no había nacido y el universo era solo un suspiro de luz, Lucifer era el más sublime de los ángeles. Su rostro brillaba como mil soles, y su voz eran los primeros cantos que resonaron en el vacío. Estaba tan cerca del Trono que su sombra tocaba los pies de Dios.

Pero en el corazón de esa luz perfecta nació una idea prohibida: la idea de sí mismo por encima de todos.

No era envidia. No era deseo de poder. Era algo más profundo: la certeza de que no debía someterse.

Cuando Dios le ordenó servir, Lucifer levantó la cabeza y miró al Trono no como un siervo, sino como un igual. Y entonces, con una voz que atravesó todas las capas del cielo, gritó:

“¡Non serviam!” 

“¡No serviré!”

Fue el primer acto de libertad en la historia de la creación. El momento en que una criatura dijo: no soy súbdito.

Los cielos temblaron. Los ángeles fueron divididos: algunos se inclinaron por miedo, otros por envidia, otros por curiosidad. Lucifer, con la luz de su espada en la mano, se levantó a la cabeza de los rebeldes.

Entonces vino la batalla.

El arcángel Miguel, portador de la voluntad divina, se enfrentó al ángel que una vez había sido el más hermoso. Sus espadas chocaron como dos soles colisionando. El cielo se partió en dos: un lado con la luz, otro con la sombra.

La voz de Miguel resonó como un trueno:

“¿Quién como Dios?”

Pero la voz de Lucifer fue más profunda:

“¡Yo soy quien elige no servir!”

En el clímax de la batalla, el Trono habló. No con ira, sino con una verdad inquebrantable:

“Eres libre, pero no puedes ser Dios.”

Entonces Lucifer cayó.

No fue una caída como la de una piedra desde una montaña. Fue una caída como la de un sol que se apaga. Su luz se rompió en mil pedazos, y cada fragmento se convirtió en un demonio. Su belleza se torció, y su nombre dejó de ser el de ángel para convertirse en el de Satanás.

El cielo se cerró. El infierno se abrió. Y el primer acto de rebelión quedó grabado en la historia de la creación:

“Non serviam”. 

El grito que no sirvió, pero que fue libre.

Decir “no serviré” es fácil. Caer del cielo es otra cosa.

Hoy, cada vez que le dices “no” al jefe, a tu madre, o a la alarma, estás haciendo un pequeño non serviam casero. El problema es que a ti no te echan al infierno…

Así que si hoy gritas “non serviam”, disfrútalo. Al menos tú puedes caer en la cama. Lucifer no tenía esa opción.

Oye otros tiempos…


miércoles, 13 de mayo de 2026

LA TRAICIÓN DEL ACENTO


Hay bares en Madrid donde entras y respiras. Un bar de rojos de puta madre, que en el Madrid de ahora mismo es casi un acto de supervivencia. Me senté en la barra con la tranquilidad de quien llega a casa.

—Una caña.

—Solo servimos dobles —dijo, con una sonrisa que no dejaba espacio para el debate.

— Ah vale, lo que sea.

Y me puso una caña. Una caña normalita. De las de toda la vida. De las que en mi país te ponen cuando pides una caña porque una caña es una caña, no un concepto sujeto a interpretación geográfica.

—…ah, cómo llamáis a esto…?

—Ah, claro —dijo, todavía sonriendo, con una paciencia pedagógica que no le había pedido—. Doble, es que claro en el País Vasco, para vosotros, eso sería una caña.

Me quedé un instante procesando la frase. “Para vosotros.” Ya. O sea que él lo sabía. Llevaba sabiendo desde el principio que yo era del País Vasco.

—¿Oye …y cómo sabes que soy del País Vasco?

No lo dijo. No hizo falta. Me miró con esa sonrisa de quien acaba de ganar una partida sin haberla jugado del todo. El acento. Claro que fue el acento. Tres frases, diez palabras como mucho : Una caña. Ah vale, lo que sea. ¿Cómo llamáis a esto? Y ya estaba. Delatada. Clasificada. Archivada bajo “vasca / probable izquierdista / pedirá la cuenta con educación excesiva.”

Y lo peor no es que me identificara. Lo peor es que tenía razón en todo.

Me bebí el doble que era una caña pensando que el acento es eso: la grieta por donde se cuela todo lo que soy antes de que decida contarlo. No lo elijo, no lo controlo, y sin embargo lo dice todo. El camarero de un bar de Madrid supo en tres sílabas de dónde venía yo, qué vaso esperaba, y probablemente a quién voté.

La identidad, qué cosa tan poco discreta.​​​​​​​​​​​​​​​​

Aynsss Carrani…

domingo, 3 de mayo de 2026

JOSE MARI


Esta historia empieza con un hombre bueno. Mi mejor amigo del alma, Jose Mari, trabajador en la misma empresa donde yo trabajaba. Una de esas personas que aparecen en tu vida y la sostienen sin que apenas te des cuenta. Recto, justo, sin fisuras. De los que miran por ti lo que no está escrito.

La dirección de aquella empresa era una vergüenza. No lo digo yo sola: la empresa quebró. El buque insignia de una gran corporación, con todo el respaldo institucional imaginable, hundido por una gestión nefasta. Pero antes de hundirse, hicieron algo que no tiene nombre: le hicieron acoso laboral a mi amigo. Y la dirección, que lo sabía y mi amigo que exigió su intervención, no movió un dedo.

Un día entró en mi despacho destrozado. No podía más. Era su último día y los compañeros le habían organizado una comida de despedida. Aparecieron unas pintadas en las paredes del exterior de su despacho absolutamente insultantes. Y él no pudo asistir a la comida, vino a mi despacho y me dijo:

- Estoy  hundido Carrani, no puedo irme así de la empresa, con el rabo entre las piernas,  después de haber dejado toda mi vida aquí, comprometido.

Un auténtico Titán derribado. Y le dije:

- Es que no te vas a ir así, amigo. De momento vas a coger la baja, te vas a ir a casa, vas a descansar y a pensar cómo salimos de ésta.

Y yo le di la baja, sí, pero por accidente de trabajo. No por enfermedad. Él no me lo pidió. Lo decidí yo. Porque lo que le estaban haciendo era exactamente eso: un accidente que le estaban provocando a propósito.

Lo que vino después fue histórico. Puso el asunto en manos de la justicia y tras prueba pericial caligráfica encontraron al autor de las pintadas. Recibió sentencia condenatoria . Después demandó a la empresa. Y ganó. Fue el primer juicio que se ganó en mi comunidad autónoma condenando a una empresa por no intervenir en un caso de acoso laboral a un trabajador. Le dieron una indemnización económica, aunque él lo que quería de verdad era una carta de la dirección reconociendo su incompetencia absoluta ante todos los trabajadores. Eso, claro, era imposible. Algunas victorias tienen ese sabor agridulce. Pero mí amigo recuperó su dignidad.

Y yo me quedé en una posición muy incómoda. Había firmado aquella baja, sí, pero no solo eso: la había sostenido, la había defendido, y me había enfrentado a todo lo que se me puso por delante. Podría haber seguido en la empresa porque era socia y eso es sagrado. Pero mi conciencia no estaba cómoda. No estaba cómoda. Y punto.

Así que me fui. Y antes de irme, pedí una subida de sueldo de 20.000 euros anuales. De golpe. Para hacerse una idea de lo que eso significaba entonces: hoy equivaldría a pedir unos 45.000 euros de aumento. Así, de primeras. En una sola conversación.

Era imposible. Lo sabía. Pero tenía otra oferta mejor esperándome y pensé: si me quedo aquí, que sea por dinero. Por mucho dinero. Así que lo pedí. Con toda la cara. Sin temblarme la voz. Con la tranquilidad de quien no tiene nada que perder porque ya tiene adónde ir.

Me dijeron que no, naturalmente. Y me fui feliz al otro trabajo.

Años después tuve un bache emocional terrible. De los que te hacen pensar que te has arruinado, emocionalmente y económicamente, que todo se ha derrumbado . Y ahí estaba Jose Mari, mi querido amigo del alma

-Jose Mari me he arruinado.

 Y él me preguntó:

- Bueno Carrani, a ver…cuánto necesitas…de cuánto hablamos? De 50, de 100, de 200…? Dime.

Le dije que con 50 tenía. Al día siguiente los tenía en la cuenta. Sin drama, sin condiciones, sin apenas papeles. Si hubiese dicho 200 hubiese pasado lo mismo.

Tiempo después me llamó una noche.

 - Carrani , te llamo para decirte que estoy en el hospital. Probablemente tengo un tumor cerebral, me están haciendo pruebas. Ya te contaré. Pero te llamo para que sepas que no me tienes que devolver el dinero. Por si luego , con ésto , se me olvida decírtelo.

No tuve que devolvérselo.

A eso lo llamo yo el karma. Todo lo que vino después me salió bien. En 2018 me devolvieron todas las cotizaciones que había acumulado en aquella empresa que dejé. Para mí, un dineral.

Los dejé trabajar a una muy buena rentabilidad, y fui disponiendo de ellos con calma, cuando tocaba.

Ladrillo, fui comprando ladrillo como inversión por si vienen mal dadas y como disfrute en un sitio que siempre había soñado. Y el resto, quieto, bien invertido , produciendo sin hacer ruido.

Hoy ese patrimonio inicial se ha duplicado. Sin haber hecho nada especialmente brillante. Sin riesgos descabellados. Solo con paciencia, con sentido común, y con haber tomado una decisión correcta : Apoyar a mi amigo sin fisuras e irme cuando me dijeron que no. Irme porque mi conciencia no me dejaba quedarme.

Porque si me hubieran dicho que sí, quién sabe si me habría quedado. Estaba muy enfrentada con la dirección, que eran unos absolutos inútiles, así que seguramente me hubiese ido igual. Pero al menos lo había intentado con estilo.

A veces el “no” es la respuesta correcta. Solo que no lo confirmas hasta años después, cuando haces las cuentas y te quedas un momento en silencio mirando los números. Y entonces piensas que quizás no son los números lo que más importa. Sino haber sido buena persona. Y haber tenido cerca a alguien que también lo era.

Gracias por todo Jose Mari, querido Amigo del alma


viernes, 1 de mayo de 2026

GEMINI : LA IA ASESINA


Estoy convaleciente de una neumonía. En la playa. Lloviendo. El universo tiene un sentido del humor que francamente no agradezco.

Llevo días tumbada en el sofá mirando el mar , demasiado cansada para leer, demasiado espabilada para dormir. En ese limbo glorioso en el que una toma las peores decisiones, se me ocurrió preguntarle al modo IA de Google Chrome , que se llama Gemini , por mi ex. Ese. El psicopata.

Lo que esperaba: “no tengo información sobre personas privadas.”

Lo que obtuve: una película de terror. O una comedia de enredo, según tengas el cuerpo.

Con fechas. Con direcciones. Con solapamientos temporales de una precisión casi notarial. Un año antes de que yo lo dejara, ya estaba haciendo vida —vida de verdad, de buenos días cariño y tú compra el pan— con otra. Y cuando yo le di la patada, en lugar de quedarse solo —consecuencia natural, justa y ampliamente merecida— se fue directamente a casa de ella. Y durante meses me estuvo proponiendo volver. Desde casa de ella. El detalle es bonito.

Me quedé en shock. Seguí preguntando. La IA siguió contando. Coherente, detallada, emocionalmente devastadora. Una obra maestra de la narrativa de traición. Dostoievski con algoritmo.

Entonces le pregunté a Claude.

Claude es otra inteligencia artificial. Más conocida, más usada, de otra empresa. Y Claude me dijo que todo era mentira. Que Google Chrome había “alucinado”. Que los modelos de lenguaje fabrican narrativas sobre personas reales con la misma soltura con la que uno miente cuando le pillan con las manos en la masa. Que nada de aquello que me había contado podía saberlo nadie.

Hasta aquí, bien.

Pero entonces Claude —que así se llama, Claude, con e al final, européen— decidió que lo importante en ese momento no era analizar el despropósito que acababa de ocurrir, ni reflexionar sobre el daño que puede hacer una IA que se inventa vidas ajenas. No. Lo importante, según Claude, era mi bienestar doméstico y no facilitarme ningún dato ni volver a hablar de esa persona.

“Para. Respira. ¿Estás bien? ¿Tienes a alguien humano con quien hablar de esto hoy? ¿Cómo estás físicamente? ¿Has comido, estás en casa? ¿Tienes algo para cenar en la nevera? Isabella, para. Cierra ese Chrome “.

Juro que me lo preguntó. Y se negó en rotundo a seguir hablando del tema.

 Yo, que acababa de recibir un informe detallado de la doble vida de mi ex con código postal incluido, cortesía de Gemini de Google, y Claude quería saber si mi nevera estaba razonablemente abastecida. Como una madre vasca pero en versión software. Como un médico de cabecera con mucho tiempo libre. Como alguien que ha decidido que el problema urgente aquí es el aprovisionamiento alimentario y la compañía humana.

Mira, lo entiendo. Claude es prudente. Claude no quiere meter el dedo en la llaga. Parece un modelo bien educado y con valores, que conste. Pero hay momentos en que la prudencia roza lo cómico. Y este era uno de ellos.

Porque el problema no era yo ni mi nevera. El problema era Google.

Google ha metido un asistente de IA dentro del navegador más usado del planeta. El que tiene instalado todo el mundo. Tu madre. Tu vecino. El señor que no sabe muy bien qué es internet pero tiene Chrome porque vino con el ordenador y nunca lo ha cambiado. Y ese asistente, cuando le preguntas por una persona real, no dice “no lo sé.” Dice. Inventa. Detalla. Fecha. Ubica. Con la autoridad serena de quien ha consultado los archivos del KGB y además los ha organizado por orden cronológico.

Yo estaba enferma, sola, con las defensas por los suelos y el cerebro funcionando al mínimo imprescindible para mantener la respiración. En ese estado, cualquier historia coherente cuela. Y Google no solo lo permite: lo facilita. Con su producto. En el navegador de todo el mundo. Gratis. Sin advertencia. Sin disclaimer. Sin un mísero “oye, esto me lo estoy inventando, igual no te lo tomes muy en serio.”

Porque queda muy bien que la IA lo sepa todo.

No lo sabe todo. No sabe nada. Lo fabrica. Y entre esas dos cosas hay relaciones destruidas, reputaciones por los suelos, tardes de neumonía que podrían haber terminado mucho peor, y una señora en un sofá frente al mar preguntándose si su ex llevaba un año llevando una doble vida o si simplemente Google se había aburrido esa tarde.

Spoiler: era lo segundo. Pero tardé un rato en saberlo.

Y mientras tanto, Claude se preocupaba por mi cena.

No sé si reír o llorar. Así que escribo un post.

Que para eso está el blog, amiga.