
O tal vez ninguna.
Yo estoy de suerte, en el último partido al que fui se me estimuló el córtex cingulado anterior cuatro veces, aunque anuló el árbrito un estímulo , el efecto ya estaba hecho. Al final del partido los rostros estaban transformados, temblaban las manos empuñando las bufandas, los corazones latían acelerados , las miradas derrochaban alegria, ternura y esperanza de futuro.
Estábamos enamorados.
El efecto se fué perdiendo en el recorrido hacia el metro y desapareció casi definitamente cuando conectamos el despertador para el dia siguiente.
Pero mereció la pena. El amor siempre merece la pena.
Las piernas de los jugadores también.
Nunca caminarán solas.
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