miércoles, 8 de julio de 2026

EL ARTE DE ECHAR DE MENOS CON MÉTODO

Hay hombres que se van y hombres que se quedan. Fernando pertenece a una tercera categoría, más incómoda: los que se van y se quedan. Se fue de mi vida hace ya no sé cuántos años —los suficientes como para que la cuenta empiece a darme pereza— y sin embargo ahí sigue, instalado en un rincón muy concreto de mi cabeza, con llave propia, sin pagar comunidad.

Lo dejé yo. Que conste, porque en estas cosas siempre hay que dejar claro quién sostenía el cuchillo, aunque luego los dos sangremos. Él vivía en una gran ciudad  y yo vivía en una ciudad-pueblo, que es un lugar donde una decide vivir por razones que en su momento parecen buenas. Él es escritor, programador cultural, de esos hombres que llegan tarde a las cenas porque han estado hablando de Pasolini con alguien en la barra. Yo tenía dos hijos pequeños y una vida que no cabía en una maleta de fin de semana, por muchos fines de semana que hiciera.

Nos planteamos, como se plantean estas cosas cuando ya no queda más remedio, quién se mudaba. Yo podría haberme ido a su casa. No lo hice. Y aquí es donde el post podría ponerse blandito y yo podría decir que las circunstancias, que los niños, que la vida no da para tanto valor. Todo eso es verdad. También es verdad —y esto me lo digo a mí, no a él— que tuve miedo. Miedo normal, del que no sale en las películas: el de dejarlo todo por un hombre al que quería mucho. Fui cobarde. Lo digo sin dramatismo, como quien reconoce que no sabe aparcar en batería: es un dato, no una tragedia.

Y él, si hubiera venido a mi ciudad-pueblo, que insistió e incluso miró locales para montar su oficina, se me habría mustiado como una flor sin agua. Lo sé con la misma certeza con la que sé que el jamón se cura con sal y tiempo. Fernando necesitaba su ciudad como yo necesito estar sola casi todo el tiempo: no es un capricho, es fisiología. Y él mustio no me iba a gustar. Así que cada uno se quedó en su sitio, y el amor, que no es tonto, se quedó donde estaba el terreno más fértil: en el recuerdo.

Después ha habido más hombres. Buenos, interesantes, algún desastre memorable que casi me cuesta la vida, sí sí, leéis bien: la vida. Los he querido con la intensidad de siempre, porque yo cuando me enamoro me enamoro entera, sin reservarme un cuartito para la prudencia. Y funciona, mientras dura. Pero en cuanto se apaga la fiesta aparece Fernando, puntual como un cobrador. No llamado, no invocado: simplemente estaba esperando su turno.

Hace un par de años, en un hueco entre relaciones, le escribí. Facebook, ese confesionario moderno donde uno se arma de valor detrás de una pantalla. Me contestó con la cortesía exacta de quien no quiere abrir una puerta: amable, breve, cerrada con doble vuelta. Y con razón, probablemente. Yo también habría cerrado esa puerta si alguien hubiera venido a llamarla veinte años después con la mano temblando un poco.

Así que no hay nada que hacer, ni falta que hace, en realidad. Fernando no es un hombre al que quiera recuperar; es el lugar donde guardo la versión de mí misma que se atrevió menos de lo que hubiera querido. Echarlo de menos a él es, sospecho, una manera elegante de echar de menos aquella vida y aquella decisión que no tomé. Y como no puedo reescribir el pasado, hago lo que hace cualquier mujer de recursos: me lo f***o en la imaginación y lo dejo tranquilo en la realidad.

Que cada cual guarde sus fantasmas donde mejor los sepa alimentar.

Pues asín.