domingo, 28 de junio de 2026

SOLIVAGANT

 

Estaba yo tan tranquila cuando me topé con esta palabra: solivagant. Del latín soli vagans. La que vaga solo. La que deambula en solitario y encuentra en eso, precisamente en eso, su forma de estar en el mundo.

Me quedé parada.

No porque no me conociera. Me conozco bastante bien, a estas alturas. Sino porque llevaba tiempo siendo una cosa sin saber que esa cosa tenía nombre. Y hay algo enormemente satisfactorio en que te pongan nombre. Como cuando el médico te dice el diagnóstico y tú piensas: ah, o sea que no estaba loca, es que tenía esto. Pues eso. Un alivio extraño, casi cómico, el de descubrir que lo tuyo tiene palabras en latín y todo.

Pues eso.

Soy solivagant. O casi. Porque la versión pura del término implica una soledad más hermética de la que yo practico, y aquí hay que ser honesta: yo en el bar me enrollo, en el museo me enrollo, con el del hotel me enrollo, en el tren me enrollo… Hablo lo que me da la gana con quien me apetece, y me voy cuando me apetece. Nadie me espera, nadie me necesita, nadie tiene que consultarme nada ni yo a nadie. Eso es el lujo. No la ausencia de gente, sino la ausencia de obligación.

Lo que no soporto es la compañía estructural. El itinerario negociado. El «¿y tú qué quieres hacer esta tarde?». El tener que llegar a un acuerdo sobre si el museo merece la pena o si mejor tomamos algo primero. Eso me mata. No la gente: la dependencia mutua que genera estar con gente.

Lo que necesito, entiendo ahora, no es exactamente soledad. Es autonomía total con porosidad electiva. Suena a término de ingeniería, lo sé. Pero es lo que hay. Soy permeable al mundo en mis propios términos y en mis propios momentos, y eso no tiene nada que ver con ser huraña ni con ser sociable. Es otra cosa. Es ser soberana de mi propio tiempo y de mi propio humor.

Y luego está lo otro: cuando veo algo que me parte por la mitad —un paisaje, una obra, una luz que no debería existir a esa hora en ese sitio— sí, durante un momento quiero contárselo a alguien. No que estuviera ahí, ojo. Eso arruinaría el momento. Solo contárselo. Un receptor. Un instante de transmisión y ya. La emoción necesita salir, pero no necesita compañía. Necesita un destinatario.

Que es, pensándolo bien, exactamente lo que es esto que estáis leyendo. 


Pues eso.

 


jueves, 4 de junio de 2026

EL RECIBO DE LA FUNERARIA



Tengo una cuenta bancaria compartida con mi hermana desde hace no sé cuánto tiempo. Desde el dos mil ocho, creo, aunque podría ser antes. El caso es que ahí llegan sesenta euros al mes de un alquiler de un garaje, y una vez al año la cuota de la comunidad de ese mismo garaje. También tenemos domiciliado el recibo de una mutualidad funeraria de un pueblo, que nos contrató mi madre prácticamente desde que éramos niñas. Lo heredamos junto con todo lo demás.

Reconozco que ese recibo tiene su encanto. Una cuenta bancaria compartida entre dos hermanas que no se llevan especialmente bien, sostenida en parte por una póliza para cuando nos muramos. Hay algo poéticamente apropiado en ello.

De ahí salen también algunos recibos suyos. La luz. El agua. La contribución. Cosas de su casa de veraneo. Una miseria, en términos absolutos.

Lo curioso es que nunca ha habido ninguna razón para que sus recibos estén domiciliados en una cuenta mía. Ninguna razón técnica, quiero decir. Administrativamente es perfectamente posible cambiar una domiciliación. Yo lo hice en dos mil nueve con otra casa igual también de veraneo que también estaba en esa cuenta.Tardé, no sé, una tarde.

Ella lleva diecisiete años sin encontrar esa tarde. O habrá alguna otra razón? …

De vez en cuando, cuándo le parece, hace las cuentas. Calcula lo que ha entrado, lo que ha salido, lo que me corresponde. Me lo comunica. Yo asiento. Tampoco es que me juegue el condumio en ello.

Lo que me resulta interesante, desde un punto de vista puramente antropológico, es la economía del esfuerzo. Hay personas para quienes resolver algo pequeño requiere condiciones perfectas: el momento adecuado, el estado de ánimo adecuado, la ausencia de cualquier otra cosa en el horizonte vital. Diecisiete años dan para muchas condiciones imperfectas.

O será alguna otra cosa? …

Yo, en cambio, soy de las que llaman al banco por la mañana y a mediodía ya está.

Pero bueno. Cada una tiene su método.

O será alguna otra cosa? …

Os leo

martes, 2 de junio de 2026

AYNSS MI MADRE…

 

Mi madre no me quiso.

Hay cosas que tardas décadas en decir con todas las letras, no porque no las supieras, sino porque decirlas en voz alta les da una solidez que da un poco de vértigo. Mi madre no me quiso. Así, sin matices, sin paréntesis, sin el “pero era su manera de querer” que te endosan desde todos los flancos en cuanto abres la boca.

No era su manera de querer. Era que no me quería.

Lo fui entendiendo despacio, como se entienden las cosas que duelen: primero como sospecha, luego como certeza incómoda, finalmente como dato. Un dato frío, manejable, casi aburrido de tan asentado. Mi madre no me quiso.

Claro que fui buscando explicaciones, porque soy así, porque no puedo dejar un misterio sin auscultar. Y las encontré. Hay una historia antes de mí: un hermano que murió en el parto, un duelo que nunca se hizo, un embarazo tres meses después como si el tiempo pudiera saltarse a sí mismo. Llegué al mundo a ocupar un hueco que no era mío, ante una mujer que no había terminado de llorar al anterior.

Eso explica mucho. No justifica nada, pero explica.

Lo que ya no tiene explicación tan elegante es el resto. El bullying doméstico. Los insultos. Decirle a mi hermana pequeña, que tenía menos de 10 años, que no me hablara. O negarse a arreglar la  herencia de un terreno que ella nunca iba a pisar, solo para que yo no lo disfrutara y decírmelo así…orgullosa. Eso no es un duelo no resuelto. Eso es maldad.

Mi padre era otra cosa. Una persona de una envergadura moral que su propio cuñado, hermano de mi madre, no puede recordar sin que se le quiebre la voz. Yo tampoco. Y me quiso muchísimo. Tuve eso, y no es poco.

Pero durante mucho tiempo tuve que pelear con la pregunta más básica y más devastadora que puede hacerse una hija: ¿por qué a mí no? No como drama, sino como enigma real, urgente, que te ronda en la playa cuando piensas demasiado, que es lo que hago siempre.

La respuesta, al final, es que algunas personas no son buenas personas. Y a veces esa persona es tu madre. Y no pasa nada, en el sentido de que el mundo sigue girando y tú también. Pasa, eso sí, que te lo comes con patatas durante unos cuantos años y que el trabajo de desmontar lo que eso te hizo es largo y a veces tedioso y nunca del todo terminado. Y además, caro.

Pero se hace. O al menos yo lo hice.

Y aquí estoy, contándolo desde la playa, pensando demasiado como siempre, sin que se me mueva el ánimo un milímetro.

Que no es poco.

TERRA MÍTICA


Hay hoteles que te roban el alma. Hay hoteles que te roban la cartera. Y luego estaba el programa Bonotel con un establecimiento en Benidorm que no te robaba nada porque no se enteraba de que habías estado comiendo allí.

Corría el año en que mis hijos tenían once y trece años —esa edad gloriosa en la que ya no necesitan que les ates los zapatos pero todavía puedes arrastrarlos de vacaciones sin que te denuncien—, y la ocasión era Terra Mítica, el parque temático que Benidorm se había sacado de la manga con el entusiasmo de quien convierte un descampado en la Antigua Roma. Había que ir. Era la ley.

El Bonotel era una de esas ideas de los noventa que funcionaban porque nadie había inventado aún la palabra disrupción: comprabas un talonario, elegías entre los hoteles adheridos, y la noche te salía por lo que valía un menú del día en un sitio decente. Piscina incluida. Perfecto. Dos hijos, una madre, una habitación, y a Benidorm.

Lo primero que noté al bajar al desayuno fue que nadie me preguntó nada. Ni el número de habitación, ni el nombre, ni si tenía o no tenía el bono del bufé. Nada. Como si yo fuera simplemente una señora que había aparecido por la mañana con hambre, lo cual, técnicamente, era verdad.

Lo segundo que noté fue que mis hijos no comían por igual.

El mayor comía como un regimiento. Con la concentración y la determinación de quien entiende instintivamente que el bufé libre es una gran oportunidad y una institución que merece respeto, recorría el mostrador con criterio, sin remordimientos y sin dejar nada relevante atrás. El pequeño, en cambio, no comía. Y no es que comiera poco —es que no comía. En toda la estancia, lo único que cruzó sus labios en el hotel fue un actimel, un martes por la mañana, y fue porque le agarré de las piernas, le tiré literalmente de la cama y le dije: - como no bajes a desayunar, te mato a hostias. Y bajó. Se bebió el actimel. Me lo recordó varias veces  durante años con el tono de alguien que sobrevivió a algo.

Pasaron los días. No sé cuántos. Comidas, cenas, piscina, Terra Mítica, más piscina. Nadie nos preguntó nada en ningún momento. Las bebidas sí —eso lo apuntaban en un papelito, te lo traían, lo pagabas, y el papel lo arrugaban y lo tiraban a la papelera delante de tus narices—. Yo estaba atenta. Lo veía. El sistema era un coladero y yo me limitaba a observarlo con el interés tranquilo de quien asiste a un fenómeno natural. El resto era como vivir en un sueño muy bien climatizado donde los camareros te sonreían sin pedirte cuentas.

Antes de marcharme, porque soy como soy, me acerqué a recepción. No iba a irme sin saber si debía algo. No por escrúpulos éticos especialmente desarrollados, sino porque la incertidumbre me produce urticaria.

—Mañana ya salimos del hotel , debo algo?

El recepcionista consultó, supongo que el teléfono, el minibar y esas cosas. Frunció el ceño de manera decorativa.

—No, no deben nada.

—Pues muy bien.

Y me fui.

Esa noche, al volver a la habitación, había una carta deslizada por debajo de la puerta. Ya está, pensé. Aquí está la factura. La abrí con la serenidad de quien ya ha aceptado su destino.

Era una carta del hotel agradeciéndome la visita y esperando que hubiera estado encantada.

A los meses, en Navidad, otra carta. El sobre tenía el membrete del hotel. Ahora sí, me dije. Ahora me pasan la factura.

No. Era la felicitación navideña. Con la esperanza de volver a verme pronto.

No volví. Benidorm y yo nos entendemos mejor en la distancia, que es donde mejor se entienden muchas cosas. Pero guardo un afecto especial por ese hotel que durante varios días nos alojó, nos desayunó, nos comió y nos cenó sin enterarse de nada, y que luego nos mandó postales como si fuéramos amigos de toda la vida.

Supongo que lo éramos.