Nunca me había encontrado con un psicópata. Jamás. Y no es por ingenuidad: soy culta, estudiada, vivida… hostia, una mujer que ha leído, pensado y sentido bastante.
Pero ahí estaba yo, un día cualquiera, frente a uno. Uno muy bueno, de esos que parecen normales hasta que no lo son. Hasta que no lo son y te enseñan, sin avisar, lo que es vivir con un monstruo que sabe disfrazarse de persona.
Durante mucho tiempo no supe cómo llamar a lo que me pasaba. Una confusión emocional que me atrapaba, que me hacía repetir conversaciones una y otra vez en mi cabeza, intentando descifrar por qué ahora se me había olvidado vivir. Qué había hecho mal. En qué punto exacto dejé de ser yo sin darme cuenta.
Y lo más terrible de estar dentro de una relación así es que nadie te cree. Dudaba de mí misma y además, cuando comunicaba mis sospechas, todo el mundo me decía “coño… estás loca…” mientras él mantenía una imagen impecable frente a todos. Sin recibir el apoyo que necesitaba, sin nadie que me ayudara a ver la realidad. Me quebré. El sistema de salud también intervino: me medicaron de forma significativa durante años, dejándome completamente fuera de órbita.
Hasta que alguien me escuchó. Mi terapeuta. Escuchaba. Y eso era mucho.
Porque poner palabras siempre me ha servido. Escribir me ha servido. Pero hablarlo, hablarlo de verdad, con alguien que no te juzga y que además está fuera de la jurisdicción del psicópata… eso fue un primer respiro.
Y un día hizo una pausa. Una pausa larga. Me miró fijamente y dijo:
“Oye… pero… ¿a ti te gusta como persona?”
Pues yo no me lo había preguntado. Nunca. Me quedé pensando: ¿pero me gusta como persona? Y entonces empezó a caerse todo. Empecé a notar que la realidad de mi vida con él era oír una cosa y ver otra. Y yo creía lo que oía sin tener en cuenta lo que hacía, porque cuando alguien en quien confío me dice cosas, me las creo.
Esa frase me sacó del laberinto, me sacó de la disociación cognitiva. Bueno, empecé a salir. Y entonces los descubrí: Gaslighting, reencuadre, negación sistemática, minimización, proyección, triangulación, intermitencia reforzada, love bombing, ley del hielo, devaluación progresiva, aislamiento social, desprestigio previo, invalidación emocional sistemática, doble vínculo, movimiento de portería, whataboutism, salami slicing, máscara social, encanto instrumental, victimización estratégica, monitoreo y vigilancia, micromanagement emocional, castigo y recompensa, hoovering... todos los horrores. Resulta que todo lo que me había parecido incomprensible durante años tenía nombre. Tenía manual. Tenía víctimas antes que yo y las tendrá después.
Y aquí está la trampa más cruel: estos mecanismos funcionan precisamente porque no los conocemos. El psicópata —el manipulador, el abusador emocional, llámalo como quieras— opera en la oscuridad del desconocimiento ajeno. Sabe que si su víctima no tiene vocabulario para lo que le está haciendo, tampoco tendrá forma de defenderse. Por eso nombrarlos importa. Por eso hablar de ellos importa. Porque estos monstruos no viven en las películas de terror: viven entre nosotros, van al trabajo, tienen amigos que los adoran y sonríen en las fotos de grupo. Identificarlos —reconocer sus patrones, sus técnicas, su arquitectura del daño— es el único antídoto real. A mí me costó once años de mi vida aprenderlo. Ojalá a ti te cueste solo leer este post.
Y empecé a recuperar algo fundamental: mi vida. Mi criterio. Mi coraje. Mi capacidad de sentir sin estar permanentemente justificando a otro.
Yo pensaba que la inteligencia, la cultura o la experiencia me protegían de caer en una relación de abuso emocional.
No es verdad.
En mi caso, la pregunta correcta no era: ”¿me quiere?” Ni siquiera: ”¿va a cambiar?”
Para mí, la pregunta detonante fue:
¿Pero… te gusta como persona?
Gracias, Arkaitz
Y gracias también a Vicente Garrido Genovés por su accesibilidad, sus consejos y su libro “ El psicópata integrado en la familia, la empresa y la política”
Sin ellos no habría visto la salida.
Imagen de Elza Kurbanova
No hay comentarios:
Publicar un comentario