lunes, 20 de abril de 2026

EL ZAPATO QUE NO PIDE PERMISO




Hay zapatos que explican a su dueña sin que ella tenga que abrir la boca. El Oxford es uno de ellos.

Nació en el siglo XVII en una universidad inglesa, como calzado de estudiantes que querían moverse sin que las botas les llegaran a la rodilla. Cosa de hombres, evidentemente. Como casi todo lo cómodo.

Dos siglos después, las sufragistas lo robaron. No fue un accidente: fue un manifiesto con cordones. Las mujeres del movimiento de reforma del vestido —las que pedían votar, las que montaban en bicicleta, las que estudiaban medicina cuando eso era un escándalo— eligieron el Oxford porque permitía algo revolucionario: caminar. De verdad. Sin que el tacón dictara el ritmo ni el corsé dictara la respiración. Llevar un Oxford en 1880 era una declaración política disfrazada de calzado.

Yo no pienso tanto en las sufragistas cuando me los pongo. Pienso en que me gustan.

Los míos son negros, de piel, cap-toe —esa costura horizontal en la puntera que les da un aire entre severo y perfecto— y llevan cordones blancos. Que puse yo, claro, porque si hay algo que me cuesta es dejar las cosas como están. El blanco sobre el negro no es un descuido: es una opinión.

Los llevo casi siempre con vestido. Uno de segunda mano —casi toda mi ropa lo es, porque la ropa que ya vivió tiene más carácter que la ropa que acaba de nacer— al que le cosí dos tutús negros, uno encima del otro, en la parte de abajo. El resultado es ese volumen esponjoso y oscuro que tienen los tutús cuando se apilan: muy femenino, muy de princesa a la que el cuento se le fue oscureciendo solo. El Oxford debajo de tanto vuelo no desentona: ancla. Le dice al vestido hasta aquí llegamos, que yo soy seria. El vestido no le hace ni caso, claro, y juntos se entienden de maravilla.

También los llevo con unos pantalones de crepé negro con rayas blancas, anchísimos, abiertos hasta justo por encima de la rodilla. El crepé no brilla, no presume, pero se mueve con cualquier aire como si supiera exactamente lo que hace. Yo finjo lo mismo. Cada paso es una pequeña coreografía entre el vuelo y el peso, entre parecer que todo está pensado y que nada lo está demasiado.

Supongo que es siempre la misma idea: lo estructurado y lo etéreo. Lo que pesa y lo que vuela. Las sufragistas querían caminar.

 Yo también, pero con más tutú y menos heroísmo…

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