853 y 1900
Fui de las que tuvo que explicarse durante años. No había puesto ninguna bomba, pero sentía que el independentismo vasco tenía una legitimidad política que merecía algo mejor que la muerte como argumento. Eso me convirtió, en ciertos contextos, en sospechosa. En cómplice por simpatía ideológica. En alguien que tenía que rendir cuentas.
Y las rendí. Durante mucho tiempo.
Para los 853 muertos de ETA en cincuenta años, España construyó toda una arquitectura institucional. La Audiencia Nacional. La legislación antiterrorista. El régimen de dispersión penitenciaria. Se ilegalizaron partidos. Se procesó a periodistas. Se cerró un periódico. Se torturó hasta matar. Y se hizo terrorismo de Estado: el Batallón Vasco Español, la Triple A, los GAL y una constelación de grupos paramilitares con guardias civiles, policías y militares dentro sumaron más de noventa muertos entre los años setenta y los ochenta. Con cobertura institucional. Con impunidad casi total. Su responsabilidad política última la sabe todo el mundo. Los tribunales, curiosamente, no llegaron tan arriba. El Estado se tomó aquello muy en serio —con sus luces y sus sombras, con sus excesos y sus logros— porque entendió que una violencia organizada y sistemática contra la convivencia requería una respuesta organizada y sistemática.
Y los que sentíamos simpatía por los valores —los valores, no los métodos— aprendimos que la complicidad ideológica, aunque fuera indirecta, aunque fuera en la cabeza, tenía consecuencias morales. Nos lo enseñaron. Con insistencia.
Ahora miro estas otras cifras y no sé muy bien cómo sostenerlas.
Desde 2003, cuando España empezó a contarlas —y ya es elocuente que haya un “desde cuándo empezamos a contarlas”—, llevamos aproximadamente 1.900 mujeres asesinadas por violencia machista. En veintitrés años. 1.900 mujeres. 1.358 por sus parejas o exparejas. El resto en feminicidios que ni siquiera se registraban oficialmente hasta 2022, porque antes no existían como categoría. 68 niños asesinados por sus padres para hacerle daño a su madre. Casi 600.000 condenas firmes acumuladas desde 2008. Una cifra que no habla de monstruos aislados sino de un patrón. De un sistema.
No se ha construido ninguna Audiencia Nacional para esto. El debate sobre si esta violencia existe o es una construcción ideológica sigue siendo, de forma inverosímil, un debate.
Y los hombres, en su mayoría, no se sienten interpelados.
Eso es lo que no entiendo. O quizá sí lo entiendo, y por eso me duele más.
A mí me enseñaron que simpatizar con un sistema de valores que genera violencia —aunque yo no ejerciera ninguna, aunque repudiara los métodos— me hacía responsable de algo. Que el silencio era una postura. Que la distancia cómoda tenía un coste moral.
¿Por qué esa misma lógica no se aplica a los hombres?
No les estoy pidiendo que se sientan asesinos. Les estoy pidiendo lo mismo que me pidieron a mí: que la cosa vaya con ellos. Que cuando leen esa cifra —1.900 mujeres— no lo procesen como una tragedia abstracta sino como algo que ocurre dentro de su género, en su entorno, con su silencio como fondo. Que se pregunten qué parte del sistema sostienen sin saberlo, o sabiéndolo.
Que se sientan interpelados.
Nosotras lo aprendimos a las malas. Ojalá ellos no necesiten tanto tiempo.
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