Hubo una época hace muchos años en que mis noches tenían forma de foro. Foros de literatura, de esos tan arcaicos que ahora suenan a arqueología industrial: letras verdes sobre fondo negro, avatares minúsculos, gente que discutía sobre Rulfo a las dos de la madrugada con el mismo fervor con el que hoy se discute sobre cualquier cosa en cualquier parte. Yo entraba ahí como quien entra en una taberna de paso: buscando compañía sesuda que no exigiera explicaciones.
Fue allí donde lo conocí. Funcionario de lunes a viernes, escritor el resto del tiempo, con varios libros publicados.
Quedamos por primera vez en León. Aquello era, simplemente, un encuentro entre dos personas que se habían gustado por escrito, que es la forma más antigua y más honesta de gustarse, sin cuerpo de por medio, solo con la cadencia de las frases del otro. Paseando por León entramos en una librería de viejo, que tanto nos gustaban a los dos.
Y allí, entre lomos desconchados, apareció un libro sobre un árbol genealógico ilustre y siniestro a la vez. Ramas y más ramas, primos y sobrinos, hasta llegar al último escalón. Y en ese último escalón estaba él. Una hoja más de ese árbol, de la rama de izquierdas, eso sí, del apellido venido a menos en lo ideológico, por mucho que ese apellido pesara como una losa en cada presentación, en cada nómina, en cada “¿algo que ver con…?”.
No compró el libro. Yo tampoco. Ahora me arrepiento un poco, la verdad, y creo que en cuanto acabe esto voy a buscarlo.
Me contó, mientras seguíamos paseando, que su madre hablaba de vez en cuando por teléfono con la hija de aquel hombre del que estaban emparentados. Bajito. A escondidas de él, como si un hijo de izquierdas fuera a escandalizarse más de lo que ya estaba escandalizado por el simple hecho de llevar ese apellido a todas partes, como una etiqueta pegada a la piel.
Nos quisimos, después de aquello, con la intermitencia de la gente que vive vidas paralelas y solo se cruza cuando las circunstancias de la vida y el calendario lo permiten. Un mensaje por Navidad. Un “qué tal” cualquier martes de marzo. Y luego, cuando el amor de cada uno se resquebrajaba en su propia casa, unas cuantas veces más nos encontramos de verdad: dos en León, que ya era nuestro territorio neutral; otras dos en mi ciudad, él conduciendo 600 kilómetros del tirón, en coche, algo que a mí me parecía una temeridad y una declaración de intenciones al mismo tiempo, alguna más en algún sitio y sobre todo una Nochevieja en Nápoles yendo cada uno desde su casa.
Pasamos una Nochevieja en Nápoles . Un poeta y yo, brindando en una ciudad que ha visto brindar a medio mundo durante casi tres mil años, sin que a ninguno de los dos nos importara demasiado que aquello no tuviera nombre ni futuro. Eso, más que una anécdota, es una novela que alguien debería escribir. Puede que la escriba yo. Puede que ya la esté escribiendo.
Me llamaba laztana, que en el idioma de los vascos es una palabra de cariño, pero de un cariño concreto, con un matiz teñido de ternura, de esa ternura que se reserva para muy poca gente porque gastarla en cualquiera la devalúa.
No sé qué es de él, ni si sigue escribiendo, ni de su no relación con la familia de aquel apellido. Nada.
Hay historias que uno vive sin saber, mientras las vive, que un día las va a necesitar para un post. Esta es una de ellas.
Pero qué preciosidad de historia, dios mío de mi vida!
P.S. Me acabo de comprar el libro de aquella tarde… ventajas del internete…
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