lunes, 3 de agosto de 2026

COMO SE PARALIZA A UN HOMBRE DE TREINTAYTANTOS AÑOS

Seré honesta: lo mío con el arte es desproporcionado, para no vivir de ello... No lo digo pidiendo perdón, lo digo como dato. El cine, el teatro, la música, la literatura, la pintura, la escultura, los museos. Todo. Es una pasión que me alimenta y, en buena medida, lo que me ha hecho ser quien soy. Como toda persona con una pasión grande, he intentado contagiársela a mis hijos y los dos han absorbido algo. Pero el mayor ( jo, que joven lo tuve y como pasa el tiempo…) es el que tiene las inquietudes artísticas más afines a las mías.

Y una afinidad así merece un regalo a la altura. Tengo un amigo que es escultor. Vive y trabaja en mi ciudad aunque su obra lleva tiempo escapándose por el mundo. Hay piezas suyas de bronce, enormes, en parques de la ciudad, de esas que te paras a mirar sin saber muy bien por qué, y luego sigues caminando un poco incómoda. Es surrealista y además tiene un punto inquietante muy importante. Es, en definitiva, exactamente el tipo de artista que no le gusta a todo el mundo, y eso, para mí, es una recomendación.

Cuando empecé a darle vueltas al cumpleaños de mi hijo, le conté qué quería regalarle una pieza suya , que no sabía cuál, que necesitaba ver cuál miraba mi hijo sin darse cuenta de que yo le estaba mirando. Y que necesitaba su complicidad.

El plan era sencillo: los llevaría al estudio el primer día de su visita, que ellos vivían en otra ciudad. Una visita cultural, les diría. Una cosa muy interesante. Vendría la novia también. Nadie sospecharía nada porque no había nada que sospechar. Todavía.

Fuimos los tres, mi hijo y su novia muy interesados. El artista actuó con una naturalidad que le honra, o que simplemente es su manera de ser, que en él es difícil distinguirlo. Mi hijo recorrió el taller con esa actitud suya de no querer parecer demasiado impresionado, que es exactamente la actitud de alguien muy impresionado. Y en un momento dado, se paró. Delante de una pieza concreta. Preguntó por ella.

Mi amigo y yo nos miramos.Ta ca tá…! La cogimos y la tuvimos todos entre las manos.

Después tomamos una cerveza en el porche del estudio y hablamos de otras cosas. De vuelta a casa, mi hijo me dijo que tendría que decirle a ese artistazo !! que le había gustado un montón su obra y que esa pieza en concreto, la que había mirado y tocado , le gustaría tener.

El escultor y yo ya lo habíamos visto venir. Ya estaba todo puesto en marcha.

Fui a buscar la pieza. La traje. Mi amigo la preparó en una caja envuelta en plástico de burbujas, yo la envolví de regalo y le puse un lazo grande y verde con el cuidado de alguien que lleva semanas siendo cómplice de sí misma. El día de su cumpleaños cenamos los tres: él, su novia y yo. Hubo otros regalos. Llegó el mío en un carrito, porque no había otra manera de transportarlo con dignidad.

Lo abrió. La caja, digo. Y ahí estaba aquello envuelto en plástico de burbujas, que es una forma muy poco glamurosa de presentar el surrealismo, lo reconozco. Pero cuando lo tocó, cuando notó el peso y la forma, algo cambió en su cara y dijo : “NO ME JODAS…!!” Mirando al techo, casi gritando, de esos que salen solos sin permiso. Y se paralizó.

Completamente quieto. De pie, sin moverse. Hay un término para eso: parálisis por sorpresa. El sistema nervioso recibe demasiado de golpe y decide, razonablemente, no hacer nada por un momento. Su novia aguantó lo que pudo, que fueron segundos pero que a ella le debieron parecer una eternidad, y soltó: ¡Pero ostras, ¿qué es?!!! ¡Vosotros ya lo sabéis PERO YO NOOO!!!

Y todo volvió a moverse.

Lo que vino después fue lo que viene siempre cuando algo de verdad te llega: silencio primero, preguntas después. Se pasó el día siguiente mirándola y haciendo preguntas del tipo :

- Ama, ésto es para siempre?

Le expliqué que es bronce y el bronce lleva con nosotros desde antes de que existiera la escritura. Que hay piezas de bronce que tienen más de 4000 años. Que la suya iba a sobrevivirle a él, a sus hijos, y posiblemente a todo lo que conocemos.

Lo procesó.

Y un par de días después, me miró fijo y dijo:

- Ama, … todo ésto estaba preparado?

No era una pregunta. Era un hombre de treinta y tantos años (jo, que joven lo tuve y como pasa el tiempo…) descubriendo, con una especie de asombro tranquilo, que su madre lleva toda la vida tejiendo en la sombra. Que algunas visitas culturales no son inocentes. Que las cervezas después del taller tampoco.

Que sí. Que todo ésto estaba preparado.

Y que mejor no podía haber salido, la verdad.