Hay hombres que te activan el cuerpo y el alma antes de que pase nada. No es el aspecto físico solo, aunque eso también ayuda. Es esa cosa rara que tienen algunos —una forma de estar en el mundo que ocupa espacio sin hablar, una inteligencia que se nota antes de que abran la boca. Este tenía todo eso. Y también era muy guapo, con unos ojos verdes que podían sostener universos. Lo conocí y pasé horas escuchándolo. De esas conversaciones en las que tú también estás, pero sobre todo estás recibiendo. Matemática, música, pintura, ideas que no sabías que existían.
Me llamó esa misma noche para proponerme una cita íntima para el día siguiente.
Yo llegué contenta y preparada. No improvisé. Velas, aromas, música, lencería, intención. No porque lo necesitara para mí —a mí me bastaba con él— sino porque así es como yo entiendo estas cosas. Como algo que merece cuidado. Como un espacio que se construye.
Lo que pasó después no fue, para mí, el polvo del siglo. Fue bueno. Estuvo bien. Pero para él fue otra cosa.
Cuando estábamos ya a otra cosa, me miró – ohhh dios mío! esos ojos verdes tan abiertos…- y dijo, muy despacio, como si acabara de entender algo fundamental sobre el funcionamiento del universo, que no había descubierto en pizarras y pizarras llenas de fórmulas con integrales:
— O sea… que esto pasa…
Y así empezamos.
Pintaba bien la verdad, no se podía decir otra cosa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario