Tengo una cuenta bancaria compartida con mi hermana desde hace no sé cuánto tiempo. Desde el dos mil ocho, creo, aunque podría ser antes. El caso es que ahí llegan sesenta euros al mes de un alquiler de un garaje, y una vez al año la cuota de la comunidad de ese mismo garaje. También tenemos domiciliado el recibo de una mutualidad funeraria de un pueblo, que nos contrató mi madre prácticamente desde que éramos niñas. Lo heredamos junto con todo lo demás.
Reconozco que ese recibo tiene su encanto. Una cuenta bancaria compartida entre dos hermanas que no se llevan especialmente bien, sostenida en parte por una póliza para cuando nos muramos. Hay algo poéticamente apropiado en ello.
De ahí salen también algunos recibos suyos. La luz. El agua. La contribución. Cosas de su casa de veraneo. Una miseria, en términos absolutos.
Lo curioso es que nunca ha habido ninguna razón para que sus recibos estén domiciliados en una cuenta mía. Ninguna razón técnica, quiero decir. Administrativamente es perfectamente posible cambiar una domiciliación. Yo lo hice en dos mil nueve con otra casa igual también de veraneo que también estaba en esa cuenta.Tardé, no sé, una tarde.
Ella lleva diecisiete años sin encontrar esa tarde. O habrá otra razón? …
De vez en cuando, cuándo le parece, hace las cuentas. Calcula lo que ha entrado, lo que ha salido, lo que me corresponde. Me lo comunica. Yo asiento. Tampoco es que me juegue el condumio en ello.
Lo que me resulta interesante, desde un punto de vista puramente antropológico, es la economía del esfuerzo. Hay personas para quienes resolver algo pequeño requiere condiciones perfectas: el momento adecuado, el estado de ánimo adecuado, la ausencia de cualquier otra cosa en el horizonte vital. Diecisiete años dan para muchas condiciones imperfectas.
O será otra cosa? …
Yo, en cambio, soy de las que llaman al banco por la mañana y a mediodía ya está.
Pero bueno. Cada una tiene su método.
O será otra cosa? …
Os leo
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