martes, 2 de junio de 2026

Hay hoteles que te roban el alma. Hay hoteles que te roban la cartera. Y luego estaba el programa Bonotel con un establecimiento en Benidorm que no te robaba nada porque no se enteraba de que habías estado allí.

Corría el año en que mis hijos tenían once y trece años —esa edad gloriosa en la que ya no necesitan que les ates los zapatos pero todavía puedes arrastrarlos de vacaciones sin que te denuncien—, y la ocasión era Terra Mítica, el parque temático que Benidorm se había sacado de la manga con el entusiasmo de quien convierte un descampado en la Antigua Roma. Había que ir. Era la ley.

El Bonotel era una de esas ideas de los noventa que funcionaban porque nadie había inventado aún la palabra disrupción: comprabas un talonario, elegías entre los hoteles adheridos, y la noche te salía por lo que valía un menú del día en un sitio decente. Piscina y bufé libre incluidos. Perfecto. Dos hijos, una madre, una habitación, y a Benidorm.

Lo primero que noté al bajar al desayuno fue que nadie me preguntó nada. Ni el número de habitación, ni el nombre, ni si tenía o no tenía el bono del bufé. Nada. Como si yo fuera simplemente una señora que había aparecido por la mañana con hambre, lo cual, técnicamente, era verdad.

Lo segundo que noté fue que mis hijos no comían por igual.

El mayor comía como un regimiento. Con la concentración y la determinación de quien entiende instintivamente que el bufé libre es una gran  oportunidad y una institución que merece respeto, recorría la bandeja con criterio, sin remordimientos y sin dejar nada relevante atrás. El pequeño, en cambio, no comía. Y no es que comiera poco —es que no comía. En toda la estancia, lo único que cruzó sus labios en el hotel fue un actimel, un martes por la mañana, y fue porque le agarré de las piernas, le tiré literalmente de la cama y le dije: como no bajes a desayunar, te mato a hostias. Bajó. Se bebió el actimel. Me lo recordó años después con el tono de alguien que sobrevivió a algo.

Pasaron los días. No sé cuántos. Comidas, cenas, piscina, Terra Mítica, más piscina. Nadie nos preguntó nada en ningún momento. Las bebidas sí —eso lo apuntaban en un papelito, te lo traían, lo pagabas, y el papel lo arrugaban y lo tiraban a la papelera delante de tus narices—. Yo estaba atenta. Lo veía. El sistema era un coladero y yo me limitaba a observarlo con el interés tranquilo de quien asiste a un fenómeno natural. El resto era como vivir en un sueño muy bien climatizado donde los camareros te sonreían sin pedirte cuentas.

Antes de marcharme, porque soy como soy, me acerqué a recepción. No iba a irme sin saber si debía algo. No por escrúpulos éticos especialmente desarrollados, sino porque la incertidumbre me produce urticaria.

—¿ Mañana ya salimos del hotel , debo algo?

El recepcionista consultó, supongo que el teléfono, el minibar y esas cosas. Frunció el ceño de manera decorativa.

—No, no deben nada.

—Pues muy bien.

Y me fui.

Esa tarde, al volver a la habitación, había una carta deslizada por debajo de la puerta. Ya está, pensé. Aquí está la factura. La abrí con la serenidad de quien ya ha aceptado su destino.

Era una carta del hotel agradeciéndome la visita y esperando que hubiera estado encantada.

A los tres meses, en Navidad, otra carta. El sobre tenía el membrete del hotel. Ahora sí, me dije. Ahora me pasan la factura.

No. Era la felicitación navideña. Con la esperanza de volver a verme pronto.

No volví. Benidorm y yo nos entendemos mejor en la distancia, que es donde mejor se entienden muchas cosas. Pero guardo un afecto especial por ese hotel que durante varios días nos alojó, nos desayunó, nos comió y nos cenó sin enterarse de nada, y que luego nos mandó postales como si fuéramos amigos de toda la vida.

Supongo que lo éramos.

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