Mi madre no me quiso.
Hay cosas que tardas décadas en decir con todas las letras, no porque no las supieras, sino porque decirlas en voz alta les da una solidez que da un poco de vértigo. Mi madre no me quiso. Así, sin matices, sin paréntesis, sin el “pero era su manera de querer” que te endosan desde todos los flancos en cuanto abres la boca.
No era su manera de querer. Era que no me quería.
Lo fui entendiendo despacio, como se entienden las cosas que duelen: primero como sospecha, luego como certeza incómoda, finalmente como dato. Un dato frío, manejable, casi aburrido de tan asentado. Mi madre no me quiso.
Claro que fui buscando explicaciones, porque soy así, porque no puedo dejar un misterio sin auscultar. Y las encontré. Hay una historia antes de mí: un hermano que murió en el parto, un duelo que nunca se hizo, un embarazo tres meses después como si el tiempo pudiera saltarse a sí mismo. Llegué al mundo a ocupar un hueco que no era mío, ante una mujer que no había terminado de llorar al anterior.
Eso explica mucho. No justifica nada, pero explica.
Lo que ya no tiene explicación tan elegante es el resto. El bullying doméstico. Los insultos. Decirle a mi hermana pequeña, que tenía menos de 10 años, que no me hablara. O negarse a arreglar un terreno que nunca iba a pisar, solo para que yo no lo disfrutara y decírmelo con la boca llena. Eso no es un duelo no resuelto. Eso es maldad.
Mi padre era otra cosa. Una persona de una envergadura moral que su propio cuñado, hermano de mi madre, no puede recordar sin que se le quiebre la voz. Yo tampoco. Tuve eso, y no es poco.
Pero durante mucho tiempo tuve que pelear con la pregunta más básica y más devastadora que puede hacerse una hija: ¿por qué a mí no? No como drama, sino como enigma real, urgente, que te ronda en la playa cuando piensas demasiado, que es lo que hago siempre.
La respuesta, al final, es que algunas personas no son buenas personas. Y a veces esa persona es tu madre. Y no pasa nada, en el sentido de que el mundo sigue girando y tú también. Pasa, eso sí, que te lo comes con patatas durante unos cuantos años y que el trabajo de desmontar lo que eso te hizo es largo y a veces tedioso y nunca del todo terminado. Y además, caro.
Pero se hace. O al menos yo lo hice.
Y aquí estoy, contándolo desde la playa, pensando demasiado como siempre, sin que se me mueva el ánimo un milímetro.
Que no es poco.
No hay comentarios:
Publicar un comentario