Estaba yo tan tranquila cuando me topé con esta palabra: solivagant. Del latín soli vagans. La que vaga solo. La que deambula en solitario y encuentra en eso, precisamente en eso, su forma de estar en el mundo.
Me quedé parada.
No porque no me conociera. Me conozco bastante bien, a estas alturas. Sino porque llevaba tiempo siendo una cosa sin saber que esa cosa tenía nombre. Y hay algo enormemente satisfactorio en que te pongan nombre. Como cuando el médico te dice el diagnóstico y tú piensas: ah, o sea que no estaba loca, es que tenía esto. Pues eso. Un alivio extraño, casi cómico, el de descubrir que lo tuyo tiene palabras en latín y todo.
Pues eso.
Soy solivagant. O casi. Porque la versión pura del término implica una soledad más hermética de la que yo practico, y aquí hay que ser honesta: yo en el bar me enrollo, en el museo me enrollo, con el del hotel me enrollo, en el tren me enrollo… Hablo lo que me da la gana con quien me apetece, y me voy cuando me apetece. Nadie me espera, nadie me necesita, nadie tiene que consultarme nada ni yo a nadie. Eso es el lujo. No la ausencia de gente, sino la ausencia de obligación.
Lo que no soporto es la compañía estructural. El itinerario negociado. El «¿y tú qué quieres hacer esta tarde?». El tener que llegar a un acuerdo sobre si el museo merece la pena o si mejor tomamos algo primero. Eso me mata. No la gente: la dependencia mutua que genera estar con gente.
Lo que necesito, entiendo ahora, no es exactamente soledad. Es autonomía total con porosidad electiva. Suena a término de ingeniería, lo sé. Pero es lo que hay. Soy permeable al mundo en mis propios términos y en mis propios momentos, y eso no tiene nada que ver con ser huraña ni con ser sociable. Es otra cosa. Es ser soberana de tu propio tiempo y de tu propio humor.
Y luego está lo otro: cuando veo algo que me parte por la mitad —un paisaje, una obra, una luz que no debería existir a esa hora en ese sitio— sí, durante un momento quiero contárselo a alguien. No que estuviera ahí, ojo. Eso arruinaría el momento. Solo contárselo. Un receptor. Un instante de transmisión y ya. La emoción necesita salir, pero no necesita compañía. Necesita un destinatario.
Que es, pensándolo bien, exactamente lo que es esto que estáis leyendo. Pues eso.
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